Lazarus: El mundo se fue al carajo
El 10 de enero de 2016, cuando el mundo despertó con la noticia de la muerte de David Bowie, no solo se apagó una estrella; se fracturó el último ancla de una modernidad que aún creía en la reinvención, en la ambigüedad estética y en la sofisticación intelectual. Gary Oldman intuyó, con una precisión casi clínica, que con su partida algo se rompió en el tejido de la realidad. Lo que siguió no fue una transición natural hacia el futuro, sino un colapso en cascada hacia la era del cinismo, la superficialidad y un neofascismo que se alimenta de la propia podredumbre del sistema. Sin Bowie, el mundo perdió el espejo que nos obligaba a elevar nuestros estándares; sin él, hemos caído en una espiral donde la política es un show de variedades, la verdad es un dato negociable y la tecnología es un arma de control diseñada por exadolescentes con delirios de grandeza. Desde aquel día, la política ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en un ejercicio de entomología grotesca. El a...