Una Magnifica Humanidad entre el lenguaje del algoritmo y el olvido de los ríos de la lengua.
«Añoramos un lenguaje más primitivo que el nuestro. Los antepasados hablan de una época en la que las palabras se extendían con la serenidad de la llanura. Era posible seguir el rumbo y vagar durante horas sin perder el sentido, porque el lenguaje no se bifurcaba y se expandía y se ramificaba, hasta convertirse en este río donde están todos los cauces y donde nadie puede vivir, porque nadie tiene patria. La memoria está vacía, porque uno olvida siempre la lengua en la que ha fijado los recuerdos.»
Esta confesión de Berenson, el viejo disperso de los cuentos de Ricardo Piglia, condensa tal vez una de las nostalgias que puede ser considerada entre las más peligrosas de nuestros siglos: la añoranza de un lenguaje puro, no contaminado por la dispersión de la historia, donde las palabras tenían el peso de la tierra y la memoria no se extraviaba en los meandros del sentido. Berenson añora una patria lingüística que seguramente nunca existió, un origen mítico donde la comunicación era transparente porque no había nada que ocultar. Esa nostalgia, sin embargo, llevada a sus últimas consecuencias, será todo lo contrario de lo que Berenson buscaba, el combustible de todos los totalitarismos: la promesa de restaurar la unidad perdida mediante la imposición de una sola voz. Y es precisamente esa promesa la que la encíclica Magnífica Humanitas del Papa León XIV somete a una crítica tan serena como devastadora.
El texto pontificio, publicado en el 135° aniversario de la Rerum novarum, no se limitó a repetir las enseñanzas de León XIII. Detecta algo nuevo en el horizonte: la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica que han llegado a transformar la naturaleza del poder humano. «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma», escribe el Papa, pero ese poder ya no reside en los Estados, sino en actores privados transnacionales, «dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos». El poder tecnológico adquiere un rostro inédito, predominantemente privado, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común. Es la consumación de lo que Mark Fisher habría llamado realismo capitalista, diríamos ya post capitalista: la sensación de que no hay alternativa al dominio de las plataformas, de que la política ha sido colonizada por la lógica del algoritmo.
Frente a este escenario, la encíclica propone dos imágenes bíblicas. La torre de Babel: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Los seres humanos quieren «perpetuarse un nombre», asegurarse estabilidad y poder, pero el proyecto esconde un profundo engaño: «una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización». El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Y los muros de Jerusalén: Nehemías no impone soluciones desde lo alto; convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla, escucha los temores, coordina los esfuerzos. La ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo. Jerusalén recupera así un lenguaje común, «no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte».
La encíclica denuncia el «síndrome de Babel»: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos». Esta frase debería estar grabada en la entrada de toda empresa tecnológica que se precie. Porque el lenguaje único digital no es una metáfora: es la arquitectura concreta de las granjas de bots, los algoritmos de segmentación y las plataformas de desinformación que han convertido la política sudamericana en un campo de experimentación. El caso de Fernando Cerimedo, detenido en Bolivia con una mini granja de bots en pleno funcionamiento, es la prueba más nítida de que la Torre de Babel ya no se construye con ladrillos, sino con servidores y perfiles falsos. El software de Brad Parscale —Campaign Nucleus y Eyes Over— no es una herramienta neutral: toma el rostro de quien la financia, como advierte la encíclica. Y ese rostro hoy es el de una ultraderecha que ha aprendido a explotar la nostalgia de Berenson para vender un pasado mítico de orden y pureza, mientras sus dueños acumulan datos y poder.
Aquí la reflexión de Piglia se vuelve inquietantemente profética. «La memoria está vacía, porque uno olvida siempre la lengua en la que ha fijado los recuerdos.» Cuando una sociedad pierde su lengua —no la lengua gramatical, sino el tejido simbólico que da sentido a la experiencia compartida—, queda a merced de quien pueda fabricarle una nueva. Los bots no necesitan convencer; necesitan saturar. Repiten consignas hasta que el ruido se convierte en paisaje, y el paisaje en memoria. El elector que vota contra sus propios intereses no es un ignorante: es alguien que ha olvidado la lengua en la que estaban escritos sus recuerdos y sus necesidades y cuyo vacío le ha sido (re) llenado con un discurso prefabricado que promete restaurar la llanura perdida, pero le entrega en realidad un desierto de datos.
El desierto avanza, nos advertía Nietzche y así un Heidegger habría reconocido en esta operación la esencia de la técnica moderna: el mundo como «fondo disponible», como recurso explotable. El lenguaje mismo se convierte en un recurso más, en un insumo para la optimización de la comunicación y para mantenernos a todos en un estado de interpretado. Un anillo único para traerlos a todos y atarlos a la oscuridad, diría Peter Thiel -más que Tolkien-, como el Sauron de nuestra Tierra Media. Cuando las palabras se estandarizan para maximizar el engagement, el ser ya no habita en el lenguaje; el sistema lo habita a uno. Umberto Eco, habría visto en el lenguaje único digital la realización técnica del sueño de la lengua perfecta, pero con una diferencia crucial: la lengua perfecta de los filósofos buscaba la transparencia; el lenguaje algorítmico busca el control. No aspira a que todos nos entendamos; aspira a que todos creamos el mismo relato.
La encíclica ofrece una salida, pero no es una salida fácil. No se trata de rechazar la tecnología, sino de elegir entre construir Babel o reconstruir Jerusalén. «La primera elección no es entre un sí o un no a la tecnología, sino entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna.» Esa es la tarea: transformar la diversidad en un recurso, hacer de la escucha y del diálogo el terreno común. Pero requiere algo que nuestra época detesta: paciencia, humildad, y la voluntad de ensuciarse las manos en la obra de nuestro tiempo. Nehemías no construyó los muros solo; los construyó con otros, confiando a cada familia un tramo. La democracia, si quiere sobrevivir a la era de los algoritmos, necesita redescubrir esa lógica de la, comunidad asumiendo su parte donde ninguna mano es tan débil como para no ofrecer su contribución.
Mientras tanto, los arquitectos de Babel seguirán trabajando. Cerimedo está detenido, pero sus métodos se han extendido por todo el continente. Las cuentas que se desactivaron tras su arresto eran solo la punta del iceberg. El lenguaje único digital no necesita una sede física; como el ojo de Sauron, vive en los servidores de empresas que ni siquiera sabemos que existen, en los metadatos de nuestras interacciones más íntimas, en la memoria vacía de quienes han olvidado la lengua en la que fijaron sus recuerdos. La encíclica nos recuerda que la verdadera resistencia no consiste en apagar los servidores, sino en reconstruir los vínculos. Porque al final, como escribe el Papa, «las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares». La pregunta es si seremos capaces de reconocerlas antes de que la torre se derrumbe sobre nosotros.
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