domingo, 8 de mayo de 2016

Taller literario parte 3. Recuerdos de fútbol.

La última sesión ha sido la mejor por lejos. Al menos desde mi perspectiva. Pese a haber tenido un día enormemente  espeso y llegar con mi disfraz de abogado a la sesión, lo suficientemente cansado como para haber desistido por ese día de mi tarea, recordé que esto es parte de mi entrenamiento, del oficio de escritor que me propongo. Debía asumirlo con la misma tenacidad que las historietas me enseñaron en viñetas de Dennys O'Neill, a un Bruce Wayne en el Himalaya aprendiendo los secretos de la inmortal Liga de las Sombras. No podía incurrir nuevamente en mi más viejo y recurrente hábito, ese con el que mi padre solía recriminarme los domingos del Señor: "solo proyectos, siempre dejando todo a medio hacer".
Me armé de paciencia y de suficiente cafeína en una cafetería cercana al Monte Sacramental donde el maestro, al son de campanadas episcopales, imparte sabiduría en lienzos descritos, y me sumé al grupo que ya contaba con una nueva baja. La primera fue la de un tipo al que no alcancé a conocer más que por un sufrido mensaje final al "grupo de whatssap", informando que se automarginaba producto de una crítica del dueño de casa en orden a que "aquí no nos abocamos a temas comerciales" que al parecer era la intención de un thriller detectivesco que se proponía; y ahora llegó el turno de una chica traviesa que me caía muy bien,pues tiene el peligroso don de ver bajo el agua, al punto que de solo escuchar mi relato, el de vampiros y chupacabras, descubrió su origen entre cañas de vino tinto, estragados amigotes y baratas partidas de dominó. Debía cuidar a sus hijos o algo así. Una lástima, pero el show debe seguir. Y así analizamos un relato de Carlos Cerda en el exilio, mirando el fútbol en comunión a la distancia con su padre, texto en el que finalmente todos, dirigidos por el maestro, coincidimos en que varios párrafos llorosos, homenajísticos, y temporalmente descriptivos, atentaron contra su perfección. No era Henry James, por supuesto, sin embargo esas letras abrigaban, al punto que mi memoria me trasladó fuera de ese tiempo y de ese espacio rodeado de señoras apasionadas (más un catalán), todos padeciendo, anda tú a saber, qué clase de problemas emocionales, psiquiátricos u hormonales, al punto de preferir esta danza masoquista de cometas ante un abatido y rabioso astro mayor, que no parece acostumbrarse a la idea de que cada vez está más cerca el día en que terminará convertido en una enana blanca. ¿Era también lo de ellos una búsqueda del oficio? ¿Una solución al eterno retorno de los after office? ¿Crueles espectadores como Marla del Club de la Pelea visitando grupos de enfermos terminales?
Pero yo ya estaba lo suficientemente lejos de esas disquisiciones, el perro camuflado del cuadro en la pared me engullía y transportaba a mi antigua y apolillada casa en Copiapó, donde nuestro propio perro, el "Spasky" , llamado así en honor al ajedrecista ruso de la guerra fría, le ladraba al par de borrachines vagabundos que cada noche llegaban a dormir a un sitio eriazo que quedaba al final de nuestra Villa de casas fiscales de madera pintadas de blanco y marrón, entregadas a nuestros padres, silenciosos funcionarios públicos de una gris repartición ubicada en la casa de un exiliado político, que como Carlos Cerda, desde algún lugar del mundo, extrañaba también a los suyos. Pero los míos estaban ahí ahora, en otro tiempo, con mi vieja haciendo un pan amasado que al enfriarse se convertiría en una roca imposible, al tiempo que entre miradas cómplices, me impartía  sus enseñanzas fundamentales, las mismas que mi padre jamás aprobó: hijo mío, antes de casarte debes conocer "muchos potos"; búscate una fea, las feas son mejores porque son más agradecidas y gastan poco y siempre te va a querer. Y en el televisor, esa misma noche, horas más tarde, la Católica de Ignacio Prieto llegando a la final de la Copa Libertadores, y el recuerdo de cómo me sudaban las manos frente al televisor grueso Antu a color al que había que golpear cuando el volumen se le bajaba, y los comentarios de mi viejo que me llegaban por la espalda, con su voz suave y ansiosa a la vez, conversando de fútbol, acompañándome en mi tensión, aunque él fuera hincha de La Serena, porque esos instantes, en que Óscar Birth le atajaba un penal a los Colombianos del América de Cali, serían nuestros momentos imborrables, nuestros diálogos en una vida de silencios, acompañados por la locura trivial de mi vieja que grita de alegría y se declara hincha cruzada sin saber de fútbol más de lo que sabe hacer pan amasado.Tantos años han pasado, y días atrás nuevamente nos encontramos en torno al balón como excusa, ahora yo con mi hijo en brazos, con mi viejo alto y su cabello de plata, escuchamos el desenlace del campeonato nacional por la radio en un departamento en Santiago. Seis años viviendo de segundos lugares, segundones, cotillón y mufa, para que esa tarde por la radio, operase el milagro. Saltamos  de alegría tres generaciones y hablamos otra vez de fútbol con mi viejo, y hablamos otra vez, se rompe ese silencio vencido antes solo por mis gritos de auxilio desde un calabozo, un hospital, un matrimonio cuestionable, un divorcio inminente, una transferencia urgente, sin reajustes ni intereses.
Ese viaje en el tiempo, transcurre apenas durante unos segundos, antes de mi turno de hablar, de analizar esa pequeña imperfección del relato lanzado en la parrilla, que rompe mis silencios y me abriga. Y mis voz sale atropellada, ansiosa y frágil, como el grito de gol de un moribundo, como un efecto secundario de los viajes en el tiempo.
.

domingo, 1 de mayo de 2016

Taller literario 2. Mecánica de los pequeños rencores.

Nunca lo había imaginado, pero resulta que soy bastante rencoroso. Estaba leyendo el penúltimo libro del reconocido escritor que dirige el taller bajo el resguardo del cuadro de un perro sombrío, y ya no lo disfruté más que para analizar los yerros en su escritura basándome en sus propios consejos, advertencias y ademanes lingüísticos con que vapuleó a mis vampiros de pueblo.
¿Así que era demasiado inverosímil la aparición de un chupacabras? Pues a mí como abogado me parece bastante inverosímil que un juez "de instrucción" (nótese que pongo comillas), cite a un testigo a su despacho sin la presencia de un abogado para deslizar una teoría que puede inculparlo de un crimen, de la que no quedará ningún registro en el expediente. 
Tras el asesinato de un perro aparecieron unos PDI en la casa de los dueños para informar que se estaba frente a un delito. ¿En serio? ¿Acaso era el perro de Luksic? ¿Era Laika la perra que viajo al espacio? Porque francamente me parece mucho más inverosímil que los detectives de la PDI aparezcan amablemente ofreciéndose esclarecer la muerte de un can en la casa de sus dueños, a que un político de pueblo plantee en un discurso que el chupacabras anda suelto. Lo digo porque conozco gente que alguna vez fue asaltada a punta de pistola en su propia casa y los PDI no los invitaron a pasar ni al cuartel. Entonces cabe preguntarse ¿Cuáles son los límites de lo verosímil? Desde que leí mi primera historieta de Superman y acepté que Luisa Lane era incapaz de reconocer a Clark Kent solo por el uso de unas gafas, comprendí algo que me parece bastante básico, y eso es que los límites de la ficción están determinados por el pacto tácito que suscriben lector y autor para dar y aceptar una historia. En caso contrario, y ahora lo digo como lector, serìa imposible disfrutar de nada. Si someto cualquier lectura al análisis a voz en cuello, seguramente tendré que quedarme en mi biblioteca con libros de ciencia pura.
Y así, como atado a un rencor, seguí cargando contra el texto y apuntando febril los yerros gravitatorios de la novela del autor que párrafo a párrafo se iba convirtiendo en mi mente, en un siniestro y fumador padre Gatica.
¿Así que es una deslealtad hacia el lector, por parte del narrador omnisciente, informar que alguien murió sin contar, el cómo ni el por qué? Y qué me dice entonces de plantear en el primer cuarto de una novela que el protagonista puede haber auxiliado en el suicidio de su hermano y nunca más retomar esa línea argumental, ¿no es eso confundir al lector? 
El narrador en tercera persona no tiene humor, sólo muestra, sólo exhibe, no aparece, está mirando desde arriba!!. Así que no puede haber opinión, ¿eh? Entonces cómo se explica que tras describir una conducta de un par de detectives, el narrador concluya que se trata de "personas educadas y de buen trato", o bien, ¿qué significan esas sonoras conclusiones que se realiza sobre la suegra del protagonista? ¿no son opiniones del narrador omnisciente? ¿Dónde encuentro los límites entre la descripción y la opinión? ¿A veces sí y a veces no? ¿Nunca cuando aparecen vampiros contaminantes?
Me entusiasmé con lo que creí unas sólidas conclusiones y esperé el día viernes para lanzarlas tan pronto el director de orquesta terminara de vapulear al solista de turno con sus epítetos de costumbre.
Lamentablemente llegué atrasado y me perdí la primera media hora del taller. No sabía como reaccionaría el flaco narrador con mi tardanza, al tocar el timbre pensé que no abriría, y un alivio me embargó cuando me abrió la puerta con una sonrisa extendiéndome la mano y diciendome: "Hola Marco" (strike one). No presté atención, la gente a esa edad suele confundirse todo el tiempo de nombres y hasta con el nombre de la marca de pañales que usa, me dije. 
Saludé a todo el mundo y cuando me iba a sentar en el sillón que me proporciona la mayor lejanía con el humo del gigarro de nuestro anfitrión y al mismo tiempo me otorga su misma panorámica en sentido diagonal a su solio, advertí que una sonriente chica que no conocía, ya me lo había ganado. Okey, a chupar humo. Quedé frente a una colega que usa mi mismo apellido y que por efecto de llevar unos pantalones rosados con idéntica tela que el sillón en que estaba sentada, parecía uno de esos lisiados que solo tienen medio cuerpo y que extrañamente siguen viviendo. ¿Cual es el límite de lo verosímil?, me pregunté nuevamente.
Junto a mi amigo el tocayo Catalán, no vasco, había una mujer que nunca había visto. Era una mujer muy mujer, maduramente guapa, con unos ojos misteriosos de un color indescriptible y que recibía en su pelo una cantidad de nicotina tan elevada que imagino hasta las almohadas de su cama huelen a taller literario.
El dueño de casa estaba de buen humor aparentemente, pues se le notó especialmente locuaz y no recuerdo que destruyera  la obra de ningún escritor nacional. Tal vez la cena con Vargas LLosa había sido un éxito, si por éxito se puede considerar la posibilidad de que le haya lanzado alguna elegante pachotada que le provocara una ligera y nobel indigestión al festejado. Tras los comentarios desordenados tan propios de esa primera parte del taller, llegó el momento de la ignominia que implica leer públicamente la historia que se trae al análisis.
La chica sonriente de ojos grandes, previo a dar lectura se excuso de cualquier deformación profesional que pudiesemos notar en su texto, pues era periodista, y luego, con una voz meliflua, aunque profunda y entonada, leyó de manera impecable su creación. Ah! Dije yo, con esa voz mis vampiros sonarían mucho mejor!, al tiempo que comenzaba a tomar apuntes preparando la artillería de lo que imaginaba, el dueño del circo apuntaba en su mente implacable: "muchas quejas de exiliado; ¿un cordero en un departamento de ochenta metros cuadrados?, se viene fijo un inverosímil; no veo imágenes, no veo nada, solo bla bla bla; mucho discurso comunista; las primas muertas en un atentado perpetrado por el vecino de la infancia? Oh qué hice para merecer esto!! Iré al baño por un ravotril y no asesinarlos a todos." (Nota al margen: ¿incorporar terroristas musulmanes licántropos en mi novela? Too much?).
Llegó el momento de la antropofagia literaria grupal. El hombre regresó del baño una vez que la autora nos había aclarado que su padre no había sufrido ninguna apoplejía, que eso era pura invención, pero lo que pasó con sus primas, eso sí era cien por cien real. 
La ronda la inició la mujer muy mujer, y seguiriamos en sentido antihorario hasta terminar con "Marco", es decir, conmigo (strike two). Tal vez a MEO le dice Carlo Enriquez-Ominami?
La crítica en general apuntó más a la forma que al fondo, la redacción como crónica que ya nos había advertido la chica sonriente, y el maestro, para mi total desconcierto se mostró benevolente y hasta entusiasmado, al punto que encargó un cuento, a cuenta de los elementos más relevantes de la historia; cordero, musulmanes, terrorista, exiliados, Francia.
Esto me dejaba en una posición difícil, pues ahora cómo demonios podía sacar a colación su penúltima novela para descargar mis rencores sobre el maestro, si éste había tenido la gracia de efectuar alentadoras críticas constructivas a la lectura recién finalizada y encima, como de refilón se había dado el gusto de deslizar burlescamente un "y entonces me morí", que me resultó sospechosamente familiar.
Pese a la burla solapada, no logré reaccionar y sólo sonreí como un marido cornudo, sin lograr instalar mis temas, porque más encima, en treinta descorcentantes segundos, la mujer muy mujer se despachó, en una confesión certera, una asombrosa historia de pasión con uno de los pilotos que se estrellaron contra el pentágono y que no se sabía si realmente había muerto o era parte de la conspiración del 11-S. La historia impecable me dejó con la sucia imaginación evocando las persianas de "Nueve semanas y media", en un clásico del imaginario erótico mundial que es la relación entre el piloto y la asistente de vuelo.
La lección se alargó otro tanto y finalmente nos despedimos sin que yo lograra eliminar la bilis contenida durante tantos días, al punto que cuando el maestro me dijo "hasta la otra semana Marco" (strike three),  el perro del cuadro ennegrecido, me pareció que era un elefante muerto digno de una portada para la novela de José Donoso que más me gusta.
Más tarde el grupo felicitaría a la autora a traves de fraternales mensajes de whatssap a los que yo no me sumé. Seguramente la envidia y el rencor me comían en esos instantes, las constelaciones del intestino. Tarjé de mis apuntes la idea de incorporar hombres lobo musulmanes en mi novela, y apunté en su lugar: "incorporar a un ex piloto norteamericano de un programa de protección de testigos, vinculado con el ataque a las torres gemelas". 
Una vez en mi cama comencé la re lectura de una novela de un sujeto que nada en una piscina. 
Por cierto, no era nada personal.











 




sábado, 23 de abril de 2016

Mi primera Lectura en un Taller Literario

Estoy asistiendo al taller literario de un importante y reconocido escritor nacional. Un hombre a quien admiro con el mismo respeto que siento por los plomeros y electricistas eficientes y honestos, pues poseen técnicas que me resultan desconocidas y fascinantes como si de un sacerdocio se tratase. El escritor en cuestión, posee la innegable capacidad de sembrar imágenes mientras va relatando una historia, y además sus novelas tienen la cada vez más rara virtud de soportar muy bien el paso del tiempo.
Anoche me correspondió afrontar el ignominioso momento de leer en voz alta un texto de mi propia hechura, al calor de una estufa que mezclada con el humo del cigarrillo del dueño de casa, contrastaba con la sensación de encontrarme desnudo en la cordillera en pleno invierno, exponiendo mis genitales a la comparación con un grupo de actores pornográficos.  
El texto que escogí era uno sobre termoeléctricas y contaminación en un pueblo pequeño, mezclado todo en una juguera con vampiros y chupacabras. Un texto que yo imaginaba sería la delicia de Quentin Tarantino, pero obviamente una elección arriesgada si el taller no es dirigido por Ed Wood o Florcita Motuda.
No sin rubor, di comienzo a mi lectura ante la mirada atenta del maestro sentado en su sillón, quien resguardado por la ennegrecida pintura de un perro pastor alemán dormido, parecía un rey impartiendo justicia desde un solio. 
A los pocos párrafos comenzó a notarse su incomodidad, la presencia del “chupacabras”, una muerte sin explicación alguna por parte del narrador omnisciente, y una multiplicidad exasperante de generalidades y descripciones turísticas, hicieron que al llegar apenas a la cuarta página, el delgado escritor de mirada torva, abandonara el vaso de agua con limón  y levantara su culo flaco del solio para exigir un bolígrafo urgente con el que descuartizar las infames y básicas letras de su pretendido discípulo.
El resto de la lectura fue tensa, el hombre trató de mantenerse contenido, y yo sentí unas ligeras gotas de sudor colmándome el bozo en la medida que los muertos resucitaban sin explicación alguna.
Cuando finalicé mi lectura, el silencio se apoderó de la sala espectral en que el escritor imparte sus juicios. Observé su alargado rostro exótico de pómulos altos y ojos pequeños, tan parecido a Christopher Lee interpretando al conde Drácula, en una tensión que no le había visto ni siquiera al emitir las más feroces opiniones sobre los que consideraba los más repugnantes escritores nacionales. Por unos imperceptibles segundos, me pareció llegar a ver postrado de impotencia, al rabioso tullido que habitaba la pensión en la novela “La Ciudad Anterior”. Fue en ese fragmento de segundo, que me pareció que el hombre tomaba una decisión, se levantó y se retiró. No sabemos si se fue a contestar una llamada telefónica invisible, o si en realidad escapaba para contenerse de la necesidad que cada músculo de su cuerpo y cada cutícula de su genio, le imponían  proceder en pos de la destrucción impiadosa de aquella obra pueril, burda y freak, que además, había sido inexplicablemente (o tal vez no tanto) avalada por el Estado de Chile con sus fondos culturales. Tal vez se decidía a expulsarme por tener tan poca seriedad con su taller. Tampoco sabemos si el escritor partió al baño, simplemente a cagarse de la risa a solas, a quejarse de su mala fortuna por tener que soportar la peor lectura de su vida sin reírse en la cara de este sufrido narrador.
Durante esos incómodos minutos, los ojos de mis compañeros de taller se mantuvieron expectantes y ansiosos por lo que habría de venir, hasta que finalmente el escritor descendió a su solio y entregó la palabra a los asistentes para que dieran inicio a ese esperado festín antropofágico y fratricida que significa analizar la lectura de otros.
Las críticas de parte de mis compañeros fueron realizadas “con todo respeto”, según me aseguraron más tarde vía mensaje de whatssapp, pero con la misericordia que se concede y merecen los pederastas:
“Si voy a ser franca no me gustó para nada”; “demasiado poco serio”; “mezclar un tema ambiental con vampiros”; “demasiada información”; “incongruencias”; “demasiado desbordado que agota”; “temas serios y no serios tomados de manera pueril”; “personajes grotescos”; “mucha palabra, mucho contar, demasiada información, un patético collage” “parece la historia de un amigo contando una historia a sus amigos”; “básico”.
Con la sola excepción de mi tocayo, un indulgente Vasco a quien le pareció una lectura divertida, y la opinión de una chica que llevaba medias negras en sus largas piernas, cuyo elogio consistió en consolarme con que “tal vez la historia puede llegar a enganchar a mi hijo de 15 años”, se dio paso a la sentencia del maestro.
Con su voz aguda y melodiosa, sólo interrumpida por un natural tartamudeo de los niños ansiosos, anunció que la historia no era creíble, no se definía en si era una historia de vampiros de esas que escriben y gustan a un grupo de señoras menopáusicas, y la falta de antecedentes tales como quién era, cómo luce, qué es el chupacabras, y la cereza del pastel se coronaba con que, aun sin ser puristas, era algo elemental en la narrativa, que  no podía existir humor en el narrador omnisciente, la tercera persona no puede opinar, no había en mi texto ninguna distancia emotiva, y tampoco resultaba aceptable que se ocultara la información al lector, se matara personajes sin explicar  las circunstancias, se cuestionó que los muertos no resucitan, y así un largo etcétera para apenas 12 páginas de una historia que rendía tributo al cine clase b) antes que a la buena narrativa.
Había que reestructurar la novela completamente desde la voz del narrador. Yo ya tenía 70 páginas escritas y había que reescribirlo todo cambiando la voz del puto narrador!!
Ya acribillado en el ascensor, terminada la jornada que se extendió por media hora más de lo acordado en el contrato, el buen Vasco indulgente intentó consolarme reiterando sus elogiosos comentarios de antes y yo le expliqué que estaba bien, que sabía que era un riesgo traer una historia de vampiros al taller de este connotado escritor, y le comenté que pudo haber sido peor pues ni siquiera habíamos llegado a la parte en que los “Cerdos Alienígenas” invadían una ciudad, y pude observar con regocijo que en su cara se dibujaba una mueca de incredulidad. Seguimos caminando y  conversamos sobre otros asuntos hasta llegar a la estación del metro Tobalaba en que nos separamos. Nos despedimos con un apretón de manos y antes de bajar la escalera me preguntó si era cierto eso que le había dicho momentos antes, acerca de que más adelante en la novela aparecerían cerdos alienígenas.
Yo solo sonreí.


Feliz día del Libro!!


lunes, 14 de marzo de 2016

Las profecías de Pablo Longueira

 A mí la UDI me da miedo. En serio. Cuando alguien de la UDI aparece con la más absoluta certeza alegando inocencias, reivindicando su honor y planteando dudas sobre lo que todos pensamos es una certeza, entonces hay algo que no logra encajar del todo. Especialmente cuando quien emite esa defensa, lo manifiesta desde una altura casi profética. Especialmente cuando esa persona es alguien como Pablo Longueira.
Cuando escuché a Pablo Longueira vociferando sus apologéticas delictivas, convencido, tranquilo, sobreseguro de cada una de sus palabras, no pensé lo mismo que buena parte del público ha llegado a pensar: "que este tipo es un cara dura de primera"; "este Longueira es un chanta de marca mayor". Yo pensé en que sólo quedaban dos opciones: el tipo era realmente inocente o bien, lo que realmente pensé con escalofríos; este tipo tiene un plan para parecer inocente y reivindicar, en definitiva, su posición, su ego gigante, y de paso arrastrar desde el infierno al simple purgatorio, (que es figurativamente el lugar al que pertenecen después de todos los escándalos), a todos los impenitentes de la clase política chilena, salvándolos a todos, como ya lo ha hecho en el pasado en varias ocasiones.
Lo hizo antes, ¿por qué podría no repetir la epopeya? Longueira es mucho más hábil de lo que el común cree. 
La caricatura del laico fanatizado que se masturba pensando en Jaime Guzmán, no me cuadra para nada con el sujeto que, con una muñeca y un tino Milimétrico, salvó a Lagos y CIA del Mopgate, y más tarde, logró rescatar desde las sábanas de Gemita Bueno al mismísimo Jovino Novoa, el Godfather de la derecha.  El propio Longueira se ha encargado de alimentar esa figura casi mística. Le resulta cómoda, a riesgo de parecer un orate, se arriesga a exponer públicamente que los muertos le hablan en sueño, y piénselo bien, alguien que es capaz de hacer eso, es porque busca y consigue recubrirse de un manto de autoridad inusitado. 
¿Alguien se atrevería a tildar de maléfica o deshonesta a la síquica de Chimbarongo?
Lo que hace Longueira es algo similar, claro que la síquica no lucra. Pablo Longueira se instala siempre en una conveniente posición beatífica, es un redentor crónicamente dispuesto a inmolarse por "los suyos", porque sabe, que mal que mal la historia nos ha enseñado, que los mesías sacrificados terminan resucitando siempre, al tercer día. Así lo hizo en el MOP Gate, y cual Jesús con la Magdalena se instaló en la plaza pública a decirle a todos sus pares políticos, que el que estuviera libre de pecado, arrojara la primera piedra a Lagos, y desde ahí Lagos se convertirá en su prostituta favorita.
Luego fue el turno de Jovino y de quizás cuantos más, que fueron salvados con la intervención del más allá. Una llamada del teléfono de los espíritus ancestrales, guardianes de la UDI de ultratumba, que por revelación esotérica confirmaron un complot organizado por la pura maldad del cura Jolo y Gemita Bueno. Hasta el día de hoy, esa ha sido la única explicación del caso Spiniak y la eventual, y nunca confirmada, presencia de Jovino Novoa en las partusas con menores de edad. La única explicación para involucrarlo fue el "porque sí", que se decidieron a inventar ese cuento. De a poco la inocencia de Jovino fue acreditada,y desacreditados sus persecutores. Al fiscal Calvo tuvieron que inhabilitarlo sacando a relucir su homosexualidad en formato televisivo de ignominia (como si pedofilia y homosexualidad fueran sinónimos y sin que ningún grupo de defensa de los derechos de las minorías dijera ni pío); al abogado Montealegre, que con especial detalle explicaba la fisonomía testicular de Jovino según el testimonio de Gemita Bueno, lo vimos obsolecer de golpe tras ese caso; la diputada de derechas que acusaba a Jovino fue castigada en bloque por sus aliados y nunca más pudo postularse a nada, ni a dirigente de junta de vecinos; y el periódico "progre" The Clinic, contribuyó a dar el golpe de gracia con la entrevista final a Gemita Bueno y el titular: "Gemita Malo: me pasé a todo Chile por la raja".
Las profecías de Pablo Longueira se cumplieron en su totalidad.
No me extrañaría que un adolescente Pablo Longueira haya tenido que ver en las más hábiles y artificiosas creaciones del pinochetismo, como las visiones de Miguel Ángel o el secuestro extraterrestre del cabo Valdés.
Si el hombre ya ha profetizado su propia inocencia en los casos de leyes corruptas, como la ley de pesca o el royalty minero, en que se le acusa derechamente de recibir los textos de los proyectos de ley directamente de sus amigos empresarios, introducirlos de forma espúrea y trabajar para convertirlos en ley de la República, o de lo que queda de ella, habrá que estar atento al desenlace del caso judicial, pues la inocencia ya fue anunciada. 
La pregunta es, cómo lo hará ahora.
¿Será que acaso logrará demostrar que los artículos que introdujo a petición de sus amigos empresarios, eran artículos que coincidían con el pensamiento político del gobierno, el bien común, y por ello se introdujeron sin reparos?
Tal vez tiene absoluta certeza de que los 730 millones de pesos que le pagaron a su entorno, resultan imposibles de vincular directamente con la fórmula del cohecho.
Sin embargo, no creo que la fórmula vaya por ahí. La jugada que se está preparando es una jugada mayor, una jugada maestra, sin lugar a dudas.
Es que debe ser una jugada bien hecha. Debe ser una jugada que reivindique su honor y el de toda la clase política para que el juego cambie a su favor. 
Tal vez, y esto es pura especulación, esa cercanía del fiscal del caso, el señor Gómez con su sector político y con la élite en general (es marido de la ex Ministra de Justicia de Piñera), le de suficiente juego de piernas para involucrarse en la investigación y demostrar cualquier cosa: un uso malicioso de correos electrónicos, un complot, hasta la "demostración" de una investigación negligente que los libre a todos de polvo y paja (aunque los polvos ya se los hayan pegado), aun a riesgo de sacrificar a un peón como el fiscal del caso (que sin trabajo no quedará de todos modos).
Será una jugada maestra, sin lugar a dudas, de esas que ingresan en los libros de historia, que hablan de caudillos, de visionarios que hablaban con los muertos, de héroes que saltan a su muerte en un barco y que resucitan una y otra vez.
Nuestros hijos tendrán que leer esos libros.

domingo, 28 de febrero de 2016

El Festival que traga

Cuando Charly García visitó la Quinta Vergara, yo estuve ahí. Pidió caminar sobre pétalos de rosa, ingresó al escenario en silla de ruedas y una vez allí se despachó un irónico “esto es rock, aprende Chile”. Consultado tras bambalinas sobre qué le parecía el festival internacional de la canción de Viña del Mar, el anciano fue bastante conciso: “bastante kitsh”.

No soy de los que plantean que el festival (del mal gusto y el estruendo chabacano, que es y siempre ha sido el espectáculo de la quinta), es una expresión de no se qué tipo de desgracias reaccionarias con que los pseudo-intelectuales se masturban. En un país tan castrado como este, sin carnavales y más farmacias y botillerías que teatros y librerías, soy de la opinión que mientras más festivales basura, chabacanos y horrorosos, mucho mejor. Ojalá además fueran gratuitos y al aire libre (en eso el Municipio de Viña tiene una tremenda deuda con su gente, pues con la sola recaudación por vía televisiva las entradas debieran ser liberadas).  

Sin embargo posee este espectáculo, un obscuro resabio de circo romano al peo, este repartir gaviotas de oro, plata cobre, bronce, (y en el pasado antorchas de igual jerarquía), o bien, esta cruenta posibilidad de empalar a algún artista en una insana muestra de expresión democrática heredada de los tiempos de la dictadura, en que destrozar a pifias a algún ser humano sobre el escenario, era lo más parecido a ejercer el derecho a sufragio. 

Con los años, afortunadamente, ese castigo es riesgo exclusivo de los humoristas, que como temerosos guasones serviles al show, prestan su pellejo cual gladiadores, que si corren con fortuna y triunfan, aseguran probablemente un año de trabajo en televisión y hasta tendrán la posibilidad de transformarse en jurados de algún show similar y así felices “vengan años”. En caso contrario, la pifiadera los dejara en un estado de schock de tal intensidad que no volverán a poner un pie en un escenario. 

Por eso cuando supe que por segunda vez, a Ricardo Meruane lo pifiaban sin tregua, culminando así uno de las más ignominiosos espectáculos que el “Monstruo” ha dado en la Quinta Vergara (una vergüenza nacional diría si creyera en el concepto de "patria" o "nación"), me vino a la cabeza la reflexión que Kenneth  Bernard hace en su cuento “Tragar”, porque eso es lo que ocurre en ese escenario, el público se traga la trayectoria, la esperanza y el trabajo de un artista, por puro placer. Bernard en su análisis, iba mucho más allá por supuesto, y planteaba que “podría sostenerse que en cada alemán hay un judío tragado. ¿Nunca han visto a un alemán con las piernas de un judío saliéndole de la boca?”. 

Esa imagen, sumada a la idea del circo romano, me trajo a la memoria unos pantallazos de la vieja alcaldesa de Viña, esa que con el dedo hacia arriba o hacia abajo, entregaba a diestra o siniestra las gaviotas para los artistas que eran de su gusta, totalmente ajena a lo que deseaba el respetable público, hasta que José Luis Rodríguez, “El Puma”, no precisamente un símbolo de la revolución, se despachó en plena dictadura el mítico “a veces hay que escuchar la voz del pueblo”. 

El Monstruo en esa ocasión se tragó a la vieja. Ahora el Monstruo solo se traga a inocentes humoristas y aplaude el festín que estos se hacen con los políticos mientras que la élite, esa que se tragó y se sigue tragando al pueblo, se sobresalta en editoriales del diario El Mercurio llamando a la mesura, a cuidar las instituciones frente a “los chistes” (nunca vi una editorial del diario que miente, haciendo un llamado a políticos y empresarios a no robarnos más). 

En cada chileno de la élite dirigencial hay un chileno medio, tragado. Ese puede ser nuestro parangón. 

En cada oportunidad que se da blindando y ensalzando a artistas medio intrascendentes que se cuelgan de alguna bandera de lo que hoy es lo políticamente correcto (feminismo, diversidad, animalismo), como siento que ocurre cuando nos tratan de vender con fórceps la voz desafinada y meliflua disfrazada entre aburridos arreglos electrónicos que el tiempo se llevará,con la misma velocidad con que se le cayeron las tetas a las “Ketchup”, ustedes podrán comprender, hay un buen artista que quedó en el camino, desconocido y muerto de hambre, trabajando de fulanito de tal en una oficina, tragado. 

En cada desahogo cobarde por las cómodas redes sociales, hay una revolución con bencina y pólvora, tragada.

Hoy mismo veía un programa de animales en la televisión y dijeron algo tan salvajemente cierto, que me sentí profundamente herido en mi amor propio: que en la selva el número de herbívoros es siempre muy superior al de los carnívoros. Eso explicaría, al menos desde el punto de vista de la selección natural, las leyes naturales y la cadena alimenticia,  el por qué en nuestra especie, (y más específicamente en el homo-chilensis), el uno por ciento concentra la misma riqueza que el restante noventa y nueve por ciento, del cual yo, al igual que ustedes, formamos parte.  Escalofriante y desolador. 

Bernard plantea en el mismo relato: “pregúntele a una mujer si estaría dispuesta a casarse con un vegetariano. La mayoría sonreiría, sin saber por qué.”  Y tiene razón, en un accidente aéreo como el de los rugbistas en Los Andes, los primeros faenados y tragados serían los veganos, a menos que piensen que los desastres son un momento oportuno para abandonar sus convicciones, como el humorista, que desesperado por salir vivo del escenario, bromea con Jesús y se traga un premio que fuera de la inoperancia de los animadores, nadie le quiso entregar.  Meruane, al que se tragaron, tuvo sin embargo, mucho más dignidad.


sábado, 27 de febrero de 2016

Tú Muerte

A ti debieran quemarte al morir, querida
y esparcir tus cenizas por el aire.

Arrojarte en un volcán,
nada dé sepulturas contigo,
que a mí no me engañas;
yo no te imagino floreciendo pacífica.

Yo te veo de vuelta como un huracán,
Rugiendo feroz como un terremoto!!
Quemando mi tumba con tu lava ardiente!!
Fundiéndonos por fin 
en un abrazo eterno
con nuestras entrañas amarradas 
a besos mordidos 
en el infierno.


viernes, 26 de febrero de 2016

Rutinas desaprendidas

Despiértame con tu lengua acariciando
mi tierno perineo estrellado. 
Tráeme un café cargado,
unas tostadas con palta
y una medialuna con manjar.
Tráeme tus labios.
Móntame como una bicicleta infernal
Ven a esta montaña rusa de temblores volcánicos.
Prepárame la tina, mujer
con sales de fruta 
y enjaboname la espalda adolorida.
No olvides dejar las camisas planchadas
junto al periódico, el termo con café y la merienda de mediodía.
Lústrame las botas como tanto te gustaba,
y lánzame un beso coqueto desde la puerta,
que extraño darte las gracias,
qué extraño no haberte extrañado.