martes, 25 de agosto de 2026

La performance punitiva: auctoritas, potestas y el garrote constitucional

Mi profesor de Derecho Romano, el brillante y prematuramente extinto Aquiles Aliaga, nos remarcaba la distinción fundamental entre auctoritas y potestas. La potestad es el poder legal, coercitivo y formal, vinculado al cargo; la autoridad, en cambio, es el peso moral, el prestigio y la sabiduría reconocida que legitima sin necesidad de imposición. Kast evidencia carencias de esto último: no hay sabiduría en su aversión por los humedales y la ciencia, en sus discusiones amenazantes con un niño, en sus falsas promesas electorales disfrazadas de «metáforas». De esa carencia brota la necesidad de superdotarse de potestades para ejercer por la fuerza aquello que no representa. Los dos ciudadanos detenidos y formalizados por «amenazas a la autoridad» tras comentar en redes sociales son la prueba: el garrote defendiendo a quien- en lo íntimo- se autopercibe como autoridad, pero desborda ego dolido, vanidad que era sostenida por las milicias digitales del tristemente célebre argentino Cerimedo. 


La reforma constitucional de Kast no es un plan de seguridad; es una prótesis autoritaria. Francisco Zúñiga lo diagnosticó con precisión en El Mercurio: populismo constitucional y constitucionalismo abusivo, que deforma la Carta para erosionar los derechos fundamentales. El mensaje presidencial, con su retórica de «soberanía popular» y «carácter instrumental de las instituciones», es puro postureo jacobino. Incurre además en grafomanía constitucional (Sartori): escribir en la Constitución lo que corresponde a la ley, y en una confusión conceptual sobre qué es seguridad pública, ora fin del Estado, ora fin superior al orden público.


El nuevo estado de excepción de seguridad pública es la pieza central de esta farsa. Permite al Presidente suspender la libertad personal, la locomoción, la reunión, la asociación, interceptar comunicaciones y requisar bienes, bajo la dependencia inmediata de un Oficial General designado a dedo. Puede durar 120 días prorrogables por otros 120 sin control del Congreso; solo las prórrogas sucesivas requieren acuerdo parlamentario. Y el nuevo artículo 53 N° 11 permite declarar a cualquier organización como «terrorista» con la aprobación del Senado en sesión secreta, sin modificaciones y en cinco días. El Ejecutivo decide, el Senado aplaude, los derechos se suspenden con la elegancia de un matarife.


Lo que subyace es el goce obsceno de la punición que diría Žižek: ofrecer el espectáculo de la crueldad legítima. Y el realismo capitalista advertido por Mark Fisher no queda afuera, una sociedad que ha renunciado a imaginar alternativas. El crimen organizado no es una anomalía; es producto de un sistema donde el exitismo empuja al joven del ghetto a trabajar para el narco como única vía cuando no se cuenta con la aptitud futbolística y lo orientación de los padres de Gary Medel. Esta derecha “libertaria”, prefiere muros y suspensiones antes que enfrentar esa realidad.


Kast ofrece seguridad a cambio de libertad y progreso, pero empieza a demostrar a pocos meses de rodaje que no tiene autoridad para ofrecer nada: solo potestades que él mismo le aplica a “la banda presidencial”. La reforma hace tabula rasa de la experiencia dictatorial, donde el estado de excepción era permanente para anunciar otro simplemente prolongado pero igual de abusivo. Aún peor, el derecho corre el riesgo de convertirse en papel mojado que se firma al ritmo de las encuestas. En el hastío, la promesa de orden a cualquier precio se vuelve irresistible. El populismo penal no ofrece soluciones, ofrece chivos expiatorios. Mientras Kast firma decretos, el crimen organizado sigue tejiendo su red, esperando la próxima ola de autoritarismo ingenioso. Es lo que ocurre cuando falla el verdadero concepto de autoridad.






sábado, 15 de agosto de 2026

Sudamerica Ultra Sudaca

Hay algo profundamente inquietante en la política contemporánea sudamericana, ese agotamiento postpandemia de las masas populares que en su momento alentaron revueltas populares en Perú, Bolivia, Ecuador y especialmente en Chile, que culminó en la entrega desprovechada de la Constitución de Pinochet, el último Horrocrux del dictador que, extrañamente dio paso a la emergencia de nuevas figuras performativas que han sabido canalizar el descontento para reconducirlo hacia la adherencia por las más crudas mieles del neoliberalismo, que hasta hace pocos años se planteaba dar por superado. Chile iba a ser la tumba del neoliberalismo. La revuelta quedó tuerta , la población enceguecida, el pesimismo se tomó el discurso y el resultado a la vista, José Antonio Kast, un rubio sin trabajo conocido, descendiente de un nazi y de una familia de colaboracionistas de Pinochet, con casi el 60% de los votos, se convirtió en presidente democrático.


No hubo nada de rebeldía en ello, aunque el conservadurismo se enmascare con rostros nuevos y outsiders de panel televisivo, formato streaming e insulto fácil, no alcanza a ocultar las ideas de lo que subyace en el fondo del cipayismo sudamericano:  es que algo huele sospechosamente parecido a un reciclaje de Plan Cóndor, doctrina Monroe y adoctrinamiento severo por saturación vía redes sociales. Cuando uno observa la coreografía sincronizada de Donald Trump, y sus aprendices de tirano electo por la vía democrática, Javier Milei, Espriella, Fujimori y José Antonio Kast, no se puede evitar sentir que asistimos a una repetición de gestos tan predecibles como vacíos, una especie de déjà vu ideológico que huele a naftalina y a ese grosero aroma de la codicia, a bolsillos rancios de dinero maloliente. No se trata, verdaderamente, de  líderes distintos en cada país de este vecindario llamado sudamerica; se trata de la misma criatura, con múltiples rostros, que emerge de las cloacas del capitalismo tardío para ofrecernos la misma solución: destruir lo público para que los ricos puedan dormir más tranquilos.


Y aquí conviene detenerse en lo que estos hombres encarnan, porque no es simplemente una política reaccionaria, sino un goce obsceno que el filósofo esloveno Slavoj Žižek identificaría sin dudar como el núcleo del populismo autoritario. Para Žižek, el líder de ultraderecha no miente para ocultar la verdad; miente para hacer patente, descarnadamente visible la verdad de su goce. Cuando Trump se burla de un periodista discapacitado, o cuando se ensañó con Greta Thunberg, una adolescente con TEA, llamándola «enferma mental» y burlándose de su activismo climático. cuando Milei y sus esbirros acosan a un niño autista como Ian Moche, cuando Kast señala con el dedo a un menor en la calle descalificando a su madre frente a aquel, no están cometiendo un error táctico. Están ofreciendo a su público lo que Žižek llama el plus-de-gozar: la transgresión permitida, la violencia simbólica que el sistema oficial prohíbe pero que todos desean en secreto. Esa crueldad gratuita no es un exabrupto; es el acto fundacional de una nueva comunidad política basada en la exclusión compartida. Como diría Žižek, el verdadero mensaje no es «vamos a salvar la patria», sino «vamos a joder juntos a los débiles que no merecen formar parte de nuestra patria». Y eso, en tiempos de hastío, es un pegamento más potente que cualquier programa económico.


Pero hay una capa más profunda, y aquí podemos atender una visión como la de Mark Fisher y su concepto de realismo capitalista. Estos líderes no ofrecen una alternativa; ofrecen la repetición de un fracaso disfrazado de urgencia, estos llamados gobiernos de emergencia que nos vienen a salvar de alguna debacle imaginaria apelando a un pasado glorioso. Fisher señalaba que el capitalismo tardío ha colonizado nuestro imaginario hasta el punto de que ya no podemos concebir un futuro diferente. Lo que vemos en Trump, Milei, Kast y el resto de líderes protofascistas, no es una novedad, sino una hauntología: el retorno de un espectro que nunca llegó a morir del todo. El Plan Cóndor, la Doctrina Monroe, el pinochetismo: vuelven como memes políticos, despojados de su contexto histórico pero cargados de la misma violencia estructural. Fisher lo llamaría «la nostalgia de un futuro que nunca llegó» —en este caso, el futuro neoliberal prometido en los años 90, que prometía libertad y que en cambio trajo precariedad, destrucción de las clases medias y un agravamiento profundo de las desigualdades materiales y socioeconómicas (hasta culturales). Ahora esos líderes venden la misma receta, pero con un barniz de shock y crueldad, porque saben que la promesa ya no convence. No ofrecen esperanza; ofrecen descarga adrenalínica. Es la política como rave de la desesperación.


La firma de decretos la misma noche de la asunción, que ha sido una tónica en todos estos presidentes, no es una decisión técnica; es un acto teatral, una erección política que busca demostrar que el nuevo poder no tiene tiempo que perder. Trump lo hizo en enero de 2025, rodeado de asesores y cámaras, revirtiendo órdenes de Biden con la misma parsimonia con que un niño rompe los castillos de arena de su hermano menor. Milei lo imitó, y Kast, firmó sus primeros decretos la noche del 11 de marzo, mientras los canales de televisión transmitían en vivo el espectáculo de la autoridad recién estrenada. El argumento es siempre el mismo: «Las señales de un gobierno de emergencia se deben dar desde el primer día». Pero, ¿qué emergencia? La emergencia es fabricada, una coartada para saltarse los procesos democráticos, para imponer sin debate lo que de otro modo requeriría semanas de negociación. La construcción de barreras físicas en la frontera chilena, una zanja en la arena, copia exacta del muro de Trump, no es una medida migratoria; es un símbolo, un fetiche de la exclusión. Y lo más patético es que los propios asesores de Kast niegan la inspiración trumpista, como si el plagio fuera un pecado menor que la falta de originalidad. Pero la historia no perdona las negativas: la repetición de gestos es tan evidente que hasta un ciego la vería.


La «Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos» de Milei, el One Big Beautiful Bill de Trump, el «Plan de Reconstrucción Nacional  Megareforma» de Kast: nombres distintos, misma función. Son paquetes legislativos monstruosos, redactados en secreto por tecnócratas al servicio de los grandes capitales, que pretenden reformar todo de una vez: economía, trabajo, seguridad, educación, medio ambiente. Es la estrategia del shock, la que Naomi Klein describió con lucidez: cuando todo cambia al mismo tiempo, nadie puede oponerse a nada. Pero Fisher añadiría un matiz: esta estrategia funciona porque el electorado ya ha interiorizado lo que él llamaba impotencia reflexiva. Sabemos que estos paquetes son dañinos, sabemos que son mentiras, pero la sensación de que no hay alternativa es tan absoluta que ni siquiera nos tomamos la molestia de indignarnos. La derecha no necesita convencernos de que su plan es bueno; solo necesita que nos sintamos demasiado cansados para oponernos. Esa es la verdadera victoria del realismo capitalista: no la aceptación, sino la resignación activa. Y estos líderes lo saben. Por eso firman decretos a las dos de la mañana, por eso evitan el debate, por eso convierten la política en un bulldozer: saben que el único enemigo real es el tiempo que dejamos para pensar y manotear la pelota para evitar que llegue al fondo de la red.


Kast, con su habitual falta de sutileza, propuso limitar la gratuidad universitaria a menores de treinta años, como si la educación fuera un privilegio que caduca con la juventud, busca aumentar a 52 horas la jornada laboral y quería indemnizar a las pobres empresas que perdían sus permisos ambientales judicialmente después de contaminar. Milei, por su parte, intentó eliminar las indemnizaciones laborales y los controles de precios, congeló salarios de docentes, empleados de la salud, desfinanció a los discapacitados, dejó las rutas y caminos destruirse. Trump, en su primer mandato, quiso desmantelar el Obamacare y recortar los subsidios a la salud y hoy se ufana de la inflación que sufre el gigante del norte exclamando que adora la inflación que su política de guerra permanente le causa a sus ciudadanos. El patrón es claro: se trata de transferir recursos de los más débiles a los más fuertes, de desmantelar cualquier mecanismo de solidaridad colectiva bajo la excusa de la «reconstrucción» o la «libertad». Lo que estos proyectos tienen en común es su carácter autoritario: se presentan como urgentes, innegociables, y se aprueban a toda prisa, a menudo mediante decretos o leyes ómnibus que impiden el escrutinio detallado. Reiteramos, es el concepto de la política como bulldozer, no como deliberación. Y lo más grotesco es que se venden como «reformas pro-mercado», cuando en realidad son simplemente pro-ricos y el Estado se utiliza precisamente para enchastrar al mercado y a la competencia y para hacer un bullying internacional a pequeñas naciones que deben sufrir los aranceles proteccionistas impuestos por los adalides del libre mercado.


Tras una década de progresismo desbordado en el discurso público, de saturación del #metoo, de la corrección política excesiva, de la ultravictimización de las minorías, del wokeismo inquisidor, llegó un momento de contragolpe que fue utilizado abiertamente y con ventaja por la ultraderecha. Y así, dejaron caer la máscara de la seriedad y nos revelaron su verdadero rostro, ese que solo se mostraban entre ellos en encuentros de fraternidad o en reuniones familiares: la crueldad gratuita, el desprecio por los más vulnerables, la necesidad de humillar a quien no puede defenderse. Es la política del bullying elevada a principio de gobierno. Y funciona, porque una parte del electorado admira la fuerza bruta, la falta de escrúpulos, la capacidad de no dar tregua ni siquiera a los más débiles. 


La frase favorita de Milei —«No hay plata»— fue sido adoptada por Kast y por su presidente Quiroz, el Ministro de Hacienda. Es un mantra que justifica cualquier recorte, cualquier desmantelamiento del Estado de bienestar. «No hay plata para salud», «no hay plata para educación», «no hay plata para ciencias, ni becas, ni para reparar un piano en La Moneda». Pero, ¿es cierto? El Consejo Fiscal Autónomo de Chile desmintió que el Estado esté en quiebra; los economistas serios señalan que un default soberano no está en el horizonte. La frase es una mentira, pero una mentira útil: permitió presentar la destrucción de lo público como una necesidad ineludible, no como una elección política. Trump, por su parte, ha intentado repetidamente desfinanciar el Obamacare, no porque no haya dinero, sino porque el dinero que se ahorra en subsidios a la salud se redirige a exenciones fiscales para los más ricos y a financiar a las empresas armamentísticas. Milei recortó los subsidios a la energía y al transporte, y luego usó esos ahorros para pagar deuda externa a los acreedores internacionales. Kast, con su reducción del 3% a todos los ministerios, golpeó precisamente los servicios públicos que atienden a los más pobres. El patrón es transparente: se trata de vaciar al Estado para que no pueda cumplir sus funciones sociales, y luego decir que el Estado es ineficiente. Es la profecía autocumplida de la derecha: primero se estrangula al animal, luego se le acusa de estar muerto.


Y por supuesto no hay mayor enemigo para estos muchachos que el pensamiento crítico, ese ejercicio lento, metódico y a menudo poco rentable que llamamos ciencia. En Argentina, la embestida contra el CONICET no fue una medida de austeridad, sino un acto de vandalismo cultural: el intento deliberado de decapitar la inteligencia nacional para que el rebaño no tenga más luz que la que emana de las pantallas de sus teléfonos. El Chile implacable de Kast, en su servilismo mimético, ha comenzado a implementar la misma lógica a través del asfixiante recorte a las becas de investigación y posgrado del Fondecyt. Se les dice a los jóvenes investigadores, con una frialdad administrativa que roza lo obsceno, que «no hay plata», mientras se dilapidan recursos en la construcción de zanjas en la arena y en la costosa propaganda del miedo. Es una purga silenciosa: al desfinanciar la ciencia, no solo se ahorran unos pocos pesos —un ahorro insignificante en el presupuesto nacional, pero devastador para el tejido intelectual—, sino que se asegura que el futuro esté poblado de técnicos dóciles y no de ciudadanos capaces de cuestionar la realidad. Es la venganza de los mediocres contra los que aún tienen la osadía de preguntar el «porqué» de las cosas; una forma de garantizar que, en el futuro, no quede nadie capaz de entender, mucho menos de desafiar, la maquinaria que los está desmantelando.


Pero hay una obsesión más profunda, casi teológica, que recorre a estos movimientos: la supuesta «batalla cultural» contra el fantasma del wokismo, un enemigo tan difuso como útil. Para ellos, la historia no es un proceso material, sino un maniqueo combate entre Occidente y Oriente, entre la civilización judeocristiana y la barbarie progresista. De ahí su devoción acrítica por Israel, no como Estado real con políticas concretas, sino como símbolo de un pueblo elegido que justifica cualquier alianza, cualquier cesión de soberanía. En sus discursos, la defensa de la familia tradicional, la lucha contra la ideología de género y la apología de un cristianismo militante se fusionan en una misma cruzada. No es casual que muchos de estos líderes se rodeen de pastores evangélicos que bendicen sus decretos mientras predican un reino milenario donde los pobres serán recompensados en el más allá y los ricos, aquí y ahora. Es la política como liturgia, una misa negra donde el altar es el Estado y la ofrenda, los derechos de los demás. Detrás del anti-wokismo no hay una defensa de la cultura, sino una coartada para instalar un cristianofascismo solapado, que disfraza de tradición lo que es pura dominación.


Y sin embargo, este mismo nacionalismo trasnochado que invocan —la patria, la bandera, la soberanía— se desvanece como humo cuando se trata de entregar los recursos naturales al mejor postor. Nada más ilustrativo que el caso de Codelco en Chile, la joya de la corona estatal, cuya privatización se perfila como el gran premio para los amigos del poder. O el grotesco espectáculo de la Agencia de Energía Nuclear argentina, que según rumores bien fundados podría terminar en manos de Peter Thiel, el excéntrico multimillonario que no solo financia campañas ultraderechistas, sino que se ha declarado abiertamente como un profeta del Anticristo, esperando la llegada de un mesías tecnológico que redima a la humanidad mediante la inteligencia artificial y la inmortalidad digital. Que un país soberano entregue su capacidad nuclear a un hombre que sueña con el fin del mundo tal como lo conocemos no es una decisión técnica; es un acto de rendición, una confesión de que el nacionalismo de estos líderes es puro maquillaje para el saqueo. La patria se invoca cuando se trata de cerrar fronteras a los pobres, pero se vende al mejor postor cuando hay recursos que privatizar. Es el viejo truco de la derecha latinoamericana: agitar la bandera mientras se firma la escritura de transferencia.


Este doble juego —batalla cultural contra enemigos imaginarios, rendición económica ante los verdaderos amos— es lo que define a esta nueva ultraderecha. Lo que une a Trump, Milei y Kast (agreguen a la Fujimori y al Zelensky colombiano recién electo) no es una ideología coherente —aunque la hay, y se llama neoliberalismo autoritario— sino una estrategia: actuar rápido, golpear fuerte, mentir sin pudor, y apuntar siempre a los mismos blancos: los derechos sociales, el medio ambiente, el Estado como garante de la igualdad, y poner al frente a un enemigo imaginario: los inmigrantes, el comunismo, los terroristas. Detrás de todo esto están las grandes fortunas, que observan complacidas cómo estos líderes allanan el camino para una nueva era de acumulación sin límites. Hoy celebran que, por lo bajo, con la megareforma no pagarán contribuciones por sus mansiones, obtendrán una rebaja obscena del impuesto corporativo, entre otros muchos beneficios para “dinamizar” la economía y dinamitar a la clase media.


Pero hay algo más, algo que el escritor francés Michelle Houellebecq detectaría de inmediato: el hastío. Estos líderes no ofrecen esperanza, ofrecen un alivio momentáneo a la ansiedad de las clases medias, a las que prometen que el caos será ordenado, que la crueldad será justicia, que la pobreza ajena es culpa de los pobres. Es una política de la resignación, no de la transformación. Y mientras ellos firman decretos, se pelean con niños y repiten que no hay plata, la retroexcavadora sigue avanzando, y lo que queda detrás es un paisaje desolado de derechos arrasados y riqueza concentrada. La música es la misma que le hacen bailar a Trump, y con ella arrulla a sus bailarines sudacas. Sudamérica nunca fue más patio trasero, nunca tan sudaca rumbo a la cloaca como hoy, ni siquiera en los tiempos de las dictaduras impuestas desde el norte, porque ahora el ganado concurrió y eligió con su voto esta pesadilla de bufones que nos toca soportar y que recién parece comenzar. La esperanza de parece estar en Brasil con Lula y en que Argentina despierte de una vez y de el grito de alarma continental, eyectando de una patada al delirante y vergonzoso que pusieron al frente del buque, pero para eso deben despertar primero del sueño patriotero con que le han adormecido entre remontadas de Messi en el mundial y las campañas de odio virtuales con que pretendieron convencerlos de que son la nueva tierra prometida por Yahvé a su pueblo. Sudamerica navegando los mares de la ultraderecha nunca se sintió tan sudaca.




viernes, 12 de junio de 2026

Lazarus: El mundo se fue al carajo

El 10 de enero de 2016, cuando el mundo despertó con la noticia de la muerte de David Bowie, no solo se apagó una estrella; se fracturó el último ancla de una modernidad que aún creía en la reinvención, en la ambigüedad estética y en la sofisticación intelectual. Gary Oldman intuyó, con una precisión casi clínica, que con su partida algo se rompió en el tejido de la realidad. Lo que siguió no fue una transición natural hacia el futuro, sino un colapso en cascada hacia la era del cinismo, la superficialidad y un neofascismo que se alimenta de la propia podredumbre del sistema. Sin Bowie, el mundo perdió el espejo que nos obligaba a elevar nuestros estándares; sin él, hemos caído en una espiral donde la política es un show de variedades, la verdad es un dato negociable y la tecnología es un arma de control diseñada por exadolescentes con delirios de grandeza.

Desde aquel día, la política ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en un ejercicio de entomología grotesca. El ascenso de figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro, José Antonio Kast o Javier Milei no es un accidente, sino la manifestación física de una sociedad que ha sustituido el intelecto por el meme y la gestión del Estado por la performance de bufón. Es una política de la grasa y el resentimiento, donde el debate ha sido reemplazado por el alarido y la trinchera. Esta degradación se traduce en una geopolítica de saqueo a cielo abierto. Donald Trump, ese vendedor de coches usados que ha transformado la política exterior en un negocio de crudo y sangre, encuentra en las élites regionales sus mejores cómplices. La figura de María Corina Machado es el epítome de esta capitulación: una clase política que, en su desesperación por recuperar el poder, se arrastra ante el magnate estadounidense para entregarle los recursos naturales de su nación, agradeciendo el despojo a cambio de una validación externa que huele a vergüenza ajena. Paralelamente, en Oriente Medio, la impunidad se ha vuelto absoluta; Netanyahu bombardea campos de refugiados y hospitales, asesinando niños con la frialdad técnica de quien elimina un error de sistema, mientras el resto del mundo observa a través de un scroll infinito, incapaz de sentir otra cosa que una indiferencia anestesiada.

En este vacío dejado por la vanguardia artística, han emergido los nuevos señores feudales de Silicon Valley, cuya misantropía solo es comparable a su capacidad de destrucción. Peter Thiel, con sus delirios de un cristiano-fascismo tecnocrático, no solo financia la precariedad laboral, sino que predica sobre la llegada de un Anticristo tecnológico, una escatología que justifica su desprecio por la democracia. Mientras tanto, Elon Musk y Jeff Bezos, esos adolescentes tardíos con poder infinito, queman millones en recursos naturales para lanzar cohetes que, con frecuencia, explotan antes de elevarse, en una misión ridícula de colonizar Marte o la Luna mientras destruyen el planeta que habitamos. Es una fanfarronería técnica que esconde una huida de la responsabilidad humana. Esta lógica de mercado ha infiltrado cada poro de la existencia: la "uberización" ha terminado de deshumanizar al trabajador, transformándolo en una unidad de producción precaria, un "socio" de una aplicación que lo explota bajo la promesa ilusoria de la autogestión. Esta mentira se extiende a una juventud seducida por la estafa de los influencers, convencidos de que el éxito es "crear contenido", convertir su vida privada en un flujo incesante de datos para el consumo ajeno. La mercantilización del cuerpo bajo el disfraz del empoderamiento es el síntoma final: las creadoras de OnlyFans son presentadas como empresarias, cuando en realidad no son más que muñecas sexuales de pantalla, piezas de un sistema que ha reducido la intimidad a un producto de suscripción mensual, glorificando la servidumbre bajo el ropaje de la libertad.

La estupidización de la nueva generación es, quizás, el golpe de gracia. Criados y educados con memes, videos de TikTok y una dieta de estímulos breves y vacíos, estos jóvenes han perdido la capacidad de concentración más elemental. Son incapaces de ver una película de más de hora y media, pues el tiempo cinematográfico les resulta insoportable, y la idea de leer un libro les parece un esfuerzo arqueológico, ajeno a su realidad de gratificación instantánea. Han fragmentado su pensamiento en tribus digitales incapaces de sostener un diálogo que no sea una reafirmación de sus propias neurosis. El fútbol, último refugio de la épica popular, ha seguido la misma ruta de asepsia corporativa; la muerte de Maradona cerró el capítulo del jugador rebelde y sucio, siendo sustituido por Lionel Messi, un muñeco de cera diseñado por el marketing global, un embajador de estados autoritarios que sirve para blanquear la reputación de quienes compran el mundo a golpe de chequera, desprovisto del fuego sagrado que caracterizó a su predecesor. No hay nada que salvar en este panorama. La música, otrora el vehículo de la experimentación y la ambigüedad, ha sido reducida a fórmulas comerciales de trap y reggaetón, ritmos predecibles diseñados para un público que ya no sabe cómo aburrirse. El mundo no se fue al carajo por una casualidad; se fue al carajo porque, finalmente, nos hemos convertido en lo que siempre temimos: una sociedad de autómatas que, al quedarse sin espejos, se han quedado sin alma. Observamos, con la distancia clínica de quien contempla una enfermedad terminal, cómo la civilización se desliza, sin elegancia y sin ruido, hacia su propia y merecida irrelevancia. 


jueves, 11 de junio de 2026

La ciencia de la duda: Separando Estado y Creencia

Una entrevista a la Ministra de Medio Ambiente dio lugar a fuertes críticas por limitarse a afirmar que Chile ha tomado la decisión democrática de tener una institucionalidad frente al cambio climático y que hay un compromiso de tener “una meta de alcanzar la carbono neutralidad al 2050”, pero, y de aquí surgió la polémica, sin expresar de forma rotunda y como creencia personal que el cambio climático tiene una causa antropogénica. Se la acusa de “negacionismo climático” por relativizar el fenómeno no obstante el peso del amplio consenso científico que da por establecido que el calentamiento global es culpa del ser humano.


Llama la atención, no la creencia personal de la Ministra (esperable en su signo) sino el absolutismo de la crítica pues se ha centrado  en acusar una supuesta convicción personal de la autoridad que en la misma entrevista reafirmó sin ambages las políticas que el Estado asumió en la agenda del cambio climático. El núcleo de la crítica fue la faz subjetiva de la Ministra, sus creencias personales en torno a las causas del fenómeno climático, pero no se ha puesto en valor el hecho de que pese a sus propias creencias, antepuso - al menos en el discurso - los compromisos estatales y los criterios objetivos y científicos prestablecidos en nuestra institucionalidad ambiental. A determinados actores no les resultó suficiente y parecen exigir que la Ministra de Medio Ambiente debiera abrazar personalmente, aún en su fuero íntimo, una determinada razón o posición ideológica más allá de lo que ella misma exprese y construya a nivel institucional. En síntesis, se le demanda una adhesión espiritual a una posición determinada, si esta ha sido validada por el consenso científico. Es un problema concreto que atraviesa la construcción política progresista actual, derivando en una forma de escrutinio que, bajo la apariencia de una transparencia democrática, oculta una inquietante inclinación hacia la inquisición secular.

Si bien la crítica se ampara esta vez en “la ciencia”, olvidando que precisamente la ciencia, en su acepción más rigurosa, no es un catecismo de verdades reveladas, sino un proceso dialéctico de constante revisión y falsación. Cuando la política exige que un funcionario convierta un paradigma científico en un artículo de fe, está abandonando el terreno de la razón crítica para instalarse en el del dogma. En una democracia madura, el Estado opera como un marco simbólico que exige la suspensión de la subjetividad privada; por lo tanto, es precisamente la capacidad de estas autoridades para subordinar sus creencias personales a la estructura legal lo que garantiza la estabilidad de la institución, y no su supuesta "conversión" a la ideología dominante, aún cuando esta cuente con el más amplio consenso científico.


Esta obsesión por la pureza ideológica encuentra su caldo de cultivo en lo que se ha descrito como una moralización punitiva de la vida pública. El ecologismo, en su vertiente más dogmática, ha dejado de ser una preocupación por la sostenibilidad para transformarse, en palabras de Slavoj Žižek, en un nuevo opio del pueblo que nos impone la culpa antropogénica como una identidad ineludible. Esta dinámica se alimenta de lo que Mark Fisher identificó como una tendencia a convertir el sufrimiento en capital ético, instituyendo regímenes de vigilancia donde el objetivo no es la transformación material de la sociedad, sino la búsqueda de la impureza en el otro para su lapidación pública. Al exigir que el funcionario sea una extensión de sus propias creencias, o que module sus creencias personales a las posiciones adheridas por el Estado, se destruye la pluralidad que el Estado debe contener, transformando la arena política en un confesionario donde se juzga la "huella moral" del individuo.


La verdadera amenaza para la democracia no reside tanto en la convicción privada de quien gobierna, como en la pretensión de que existe una verdad única, ya sea científica o moral, que no pueda ser cuestionada. La madurez política consiste en la capacidad de habitar la contradicción: reconocer que el Estado es un espacio donde el sujeto se suspende para que la ley, aunque imperfecta y provisional, pueda operar. Exigir que los ministros sean seres sin contradicciones es despojar a la política de su humanidad, convirtiéndola en una estructura rígida que terminará por colapsar ante la menor disidencia. Es imperativo rescatar la idea de que la democracia es, por definición, el espacio del conflicto y del desacuerdo, y que un funcionario que admite su escisión interna pero que la subordina a la institucionalidad es, en última instancia, un garante más fiable del orden público que aquel que pretende que su ideología es la única naturaleza posible del sentido común. Ahora, si se cruza algún límite trasladando creencias personales a políticas institucionales, será cuando realmente urja, no solo la crítica, sino la defensa efectiva de nuestros compromisos como nación.

viernes, 12 de julio de 2024

La Bodega


Ahora siento que solo soy feliz 

cuando estoy en la bodega.


En la bodega no hay gritos.

En la bodega no hay deudas.

En la bodega no hay platos por lavar.

En la bodega no hay señal de nada.


En la bodega - si no me interrumpen los enanos ni BlancaNieves - solo estoy yo.

Yo y mis libros

Yo y mis planes grandiosos

Yo y mis conspiraciones secretas.

Acompañado únicamente por

Mis historietas por encuadernar

Mis juguetes de colección

Mis primeras canciones de amor,

escritas con un bolígrafo en viejas hojas de cuadernos moribundas.


En la bodega solo soy yo contra el desorden

Contra las ropas viejas y excesivas que alguien acumuló

Soy yo contra papeles inútiles, carpetas, zapatos pisoteados, 

Soy el eterno yo soy, 

el exterminador implacable de utensilios

sin utilidad.


Y entonces yo los boto

Los elimino en bolsas negras como cadáveres anónimos y que desaparezco a espaldas de mi mujer.


En la bodega solo existo yo.

Soy el amo absoluto

Me abro paso entre cajas y telas y arañas muertas

Y decido sobre toda existencia

Mientras leo primeros capítulos de libros que tal vez nunca leeré completos, sin que nadie me vaya preguntando si ya los leí.


Porque en la bodega soy el soberano

Porque en la bodega no hay horarios 

ni jefaturas 

ni Ministerios.


En la bodega no hay notarios, fiscalizadores, impuestos, contribuciones, diezmos, dioses, feministas, sacerdotes, diagnósticos.


Porque la bodega es el último paraíso 

que me fue dejando esta frontera.

viernes, 1 de marzo de 2019

Muertos Ejemplares

Conocí a un muerto impecable.

Era delgado, pálido y sobrio

No diré elegante

Aunque usaba un traje de agotadora formalidad.

Me sorprendió, eso sí

la calidad de su piel.

Casi no llevaba arrugas en el rostro,

más que aquellas:

las estrictamente necesarias,

esas que invariablemente obsequian 

los años,

canje material y deriva 

de un mínimo de sonrisas de cortesía, disgustos comerciales, añejos llantos de la infancia o la desesperanza de alguna pasión resignada,

y tirada por los balcones

del olvido.

Tampoco tenía cicatrices, 

No le ardieron quemaduras 

ni incurrió en esas coloridas autolesiones que se conocen como tatuajes.

Canas tenía, 

pero no por ganas ni padecimientos 

una afección cardíaca era la causa

la misma que lo entregó a Caronte

dejando en vida una viuda y tres hijos, cada uno con sus respectivos tablets,

dos bienes raíces y una SUV,

fondos de pensiones y ahorros moderados, una máquina de ejercicios donde yacen colgadas sus corbatas 

y un prontuario policial impecable, irreprochablemente níveo.

Una pequeña cava de vinos sin descorchar junto a una máquina de mantenimiento de descorchados, a medio servir.

No tenía colecciones de nada, pero si suscripciones a un diario que nunca leía mas que sus titulares.

Veía fútbol los domingos por la televisión, pero sin fanatismo, sin religiones y sin ideas políticas que le inquietaran. 

No plantó arboles, pero escribió todos los días en sus libros de contabilidad, 

Y eso también cuenta no?

Hizo algunos viajes,

en paquete turístico y vuelo charter (con los seguros respectivos y las vacunas correspondientes).

Nadie escribió un obituario, 

pero en su oficina se dio cuenta del sensible fallecimiento 

a través de un Memo circular que generó algunos movimientos de cejas.

En su lápida, 

un modesto minimalismo, 

nombre, 

cruz,

y fechas 

que luego, 

antes que los gusanos despierten desde su carne muerta,

serían olvidadas, 

como se olvidan las huellas en la arena,

como se olvida a los deudores puntuales, las gentes sin vicios, los polvos sin clímax, las tetas chicas y los culos flacos.

Como se olvida al que no incordia, no ladra, ni muerde, que no llora, ni canta, ni se emborracha, ni apuesta.

Como se olvida al que come pizza con cubiertos y que no agarra con la mano las costillas grasientas del puerco al horno.

Como se olvida a esa raza de gentes abundantes, ejemplares y concisas, 

esa que nace, 

crece, 

se desarrolla 

y muere

en el exacto momento 

en que son paridos.