Hubo una época en que el terrorismo de Estado sudamericano tenía olor a pólvora y sangre. Los vuelos de la muerte, los interrogatorios bajo picana, los archivos del horror amontonados en un sótano de Paraguay: todo un sistema de coordinación transfronteriza que permitió a las dictaduras del Cono Sur secuestrar, torturar y desaparecer con una eficiencia burocrática y banal malignidad que nada tenían que envidiarle al viejo Eichmann. Aquel Plan Cóndor fue un monumento a la crueldad organizada, una red de inteligencia que convirtió a la región en un territorio sin ley donde la muerte viajaba de un país a otro con la naturalidad de una carta certificada y la impunidad de la diplomacia tiránica. Pero el tiempo, ese gran ironista, ha actualizado el modelo. Ya no se desaparecen cuerpos; se desaparecen verdades. Ya no se tortura con electricidad; se tortura con algoritmos. Y los archivos del terror ya no duermen en cajas de cartón esperando ser descubiertos; viven en servidores remotos, en granjas de bots que funcionan día y noche en departamentos anónimos, y en los bolsillos de consultores que cruzan fronteras con la misma impunidad con que los agentes de la DINA cruzaban las suyas.
La detención de Fernando Cerimedo en Bolivia ha destapado la cloaca con una violencia inesperada. El consultor argentino —ese hombre que The Economist bautizó como el "MAGA de Sudamérica"— fue arrestado por tentativa de feminicidio, un cargo que nada tiene que ver con su oficio, pero que revela la podredumbre del personaje. En los allanamientos, la policía encontró dinero en efectivo y una "mini granja de bots" en pleno funcionamiento, como si la maquinaria de la desinformación fuera una mascota que no podía dejar de alimentar. Cerimedo, cofundador de La Derecha Diario, es el eslabón perfecto entre la tecnología de Brad Parscale —el genio digital de Trump, el hombre que convirtió la campaña presidencial en un experimento de ingeniería conductual— y las aspiraciones electorales de la ultraderecha regional. Su arsenal es doble: Campaign Nucleus, una plataforma que centraliza datos de votantes, automatiza el activismo y gestiona la recaudación de fondos sin pasar por las Big Tech; y Eyes Over, un software de monitoreo que mapea narrativas, identifica tendencias y mide el impacto de la desinformación en tiempo real. Es la evolución de Cambridge Analytica, pero con overclocking y los escrúpulos del Agente Smith de The Matrix.
En el caso chileno quizá la demostración más rotunda acerca de cómo funciona esta maquinaria se dio con el ataque a Evelyn Matthei, la exabanderada de Chile Vamos, quien denunció - y lo sostiene al día de hoy - haber sido víctima de una operación sistemática de desprestigio orquestada por sectores ligados al Partido Republicano de José Antonio Kast, el actual presidente. Los bots sembraron una narrativa irremontable para la representante de la llamada “derechita cobarde”: la apuntaron autora intelectual de la reforma previsional de Boric; luego la tildaron de comunista mediante videos manipulados; y finalmente, en plena campaña, difundieron el falso rumor de que padecía Alzheimer. Todo coordinado por cuentas como @drestrum_pi y @neuroc, que se desactivaron misteriosamente 48 horas después de la detención del frustrado femicida y rey de lls trolls sudamericanos, Fernando Cerimedo, como si la infraestructura del argentino fuera el corazón que bombeaba veneno a esas marionetas digitales. Matthei confrontó a Kast directamente, y Kast le negó todo "mirándola a los ojos". Ella no le creyó. La historia, que es una mala perdedora, tampoco le creerá: hay fotos, hay pagos, hay una comisión investigadora en el Congreso y oficios al Servel que exigen revisar las rendiciones de gastos electorales del sector.
Lo que estamos presenciando no es una colección de escándalos aislados, sino la consolidación de un sistema. Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile, y ahora el "Pataso" Espriella en Colombia que lanza besos al público s minutos de un mortal terremoto revelando una desconexión con la realidad y carencia de empatía humana que atraviesa al conjunto de ultra derechistas: todos beben de la misma fuente, todos utilizan la misma tecnología, todos dependen de la misma red de cooperación transfronteriza que en los años setenta coordinaba la eliminación física de los disidentes. La diferencia es que entonces el enemigo era el comunista, un cuerpo que había que hacer desaparecer; hoy el enemigo es el ciudadano que piensa, que duda, que exige pruebas. La desinformación no busca convencer; busca saturar, confundir, cansar. Es la política del agotamiento, y funciona porque el agotamiento es el terreno fértil donde germina el autoritarismo.
Zygmunt Bauman habría visto probablemente en esta estrategia la manifestación más pura de la modernidad líquida: las verdades ya no son sólidas, sino que se adaptan al contenedor emocional de cada receptor. La fake news no es un error de percepción, sino un producto de diseño de ingeniería social estructurado para ser maleable, para fluir por los canales de la ansiedad y el resentimiento. En el mundo líquido, la mentira no necesita ser creída; necesita ser compartida, repetida, incrustada en el tejido de la conversación pública hasta que la distinción entre lo real y lo fabricado se disuelva en la indiferencia. Bauman también habría reconocido en los dueños de los datos a sus "turistas" y en los usuarios a sus "vagabundos": los primeros se mueven libres por el espacio digital, acumulando información y poder; los segundos están atrapados en los algoritmos, condenados a consumir las migajas de una realidad que otros han cocinado para ellos.
Estamos en pleno apogeo del dataísmo, que nos refiere Yuval Noah Harari a modo de la última narrativa religiosa que postula que la realidad es un flujo de información y que la autoridad suprema reside en los algoritmos. La democracia liberal se basaba en la premisa de que los seres humanos sabemos lo que queremos, que nuestras preferencias son el dato más valioso. Pero los algoritmos nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos: saben qué nos enfurece, qué nos entristece, qué nos moviliza. Las granjas de bots no son herramientas de manipulación; son los primeros templos de misioneros y ángeles incorpóreos de esta nueva fe, donde se procesan las ofrendas de atención que los fieles depositan a cambio de una identidad. Cuando Cerimedo utiliza Eyes Over para mapear narrativas, no está haciendo política; está ejerciendo un sacerdocio tecnológico. Y cuando Peter Thiel invierte en inteligencia artificial y big data, no está buscando rentabilidad; está construyendo el andamiaje de un poder que ya no necesitará legitimidad democrática porque podrá predecir —y por tanto, dirigir— el comportamiento humano.
Thiel, ese profeta del fin de la democracia afincado en Argentina, es la pieza que completa el rompecabezas. Su desprecio por el voto no es teórico; es práctico. Para él, la libertad no reside en la deliberación pública, sino en la capacidad de los elegidos —los dueños de las máquinas— para escapar de las restricciones de la política de masas. Su alianza con la ultraderecha sudamericana no es ideológica; es instrumental. Mientras Kast habla de soberanía, Thiel se reúne en se reto con aquel y compra los datos de toda una nación “soberana”. Mientras Milei vende el litio y le entrega las centrales nucleares, Thiel compra el futuro. La retórica patriotera de estos líderes es el humo que oculta la operación de saqueo más ambiciosa desde la Colonia: la extracción de la materia prima más valiosa del capitalismo digital, más importante inclusive que el cobre y el litio, que no es otra sino la atención humana, el comportamiento humano, la vida humana convertida en datos.
Slavoj Žižek, en uno de sus giros más lúcidos, ha señalado que la forma más insidiosa de la ideología contemporánea es la negación fetichista: "sé muy bien que esto es falso, pero aun así lo comparto". El ciudadano medio no cree en las fake news; las consume como quien consume un producto de entretenimiento, sabiendo que es ficticio pero obteniendo de él una satisfacción real: la pertenencia a una tribu, la confirmación de sus prejuicios, la calidez de la indignación compartida. La desinformación no engaña; ofrece. Y lo que ofrece es una identidad, un refugio contra la complejidad del mundo. Los bots no necesitan convencer a nadie; solo necesitan amplificar el ruido de fondo para que la verdad, esa vieja dama exigente, no encuentre espacio para hacerse oír.
El nuevo Plan Cóndor no necesita desaparecer personas; le basta con hacer desaparecer la verdad o reconstruirla hasta crear una visión artificial. Los archivos del terror de este nuevo episodio en la historia del sometimiento latinoamericano no están en un sótano de un edificio gris en Paraguay; los encontramos en los servidores de una empresa que ni siquiera sabemos que existe, en los registros de actividad de millones de cuentas falsas, en los metadatos de nuestras interacciones más íntimas. Cuando sean descubiertos, como ocurre con Cerimedo que ya infiltró elecciones democráticas, nuevamente podría ser demasiado tarde: ya no estará la banda de los Gandalf gritando performativamente ese “you shall not pass”, porque habremos olvidado cómo pensar. La pregunta ahora no será si caeremos en el autoritarismo, sino si podremos seguir soportándolo sin normalizarlo con la ilusión de estar votando libremente mientras los algoritmos, como nuevos sumos sacerdotes, celebran de antemano una victoria que ya determinaron bajo este ritual de nuestra permanente y voluntaria sumisión.