Hay algo profundamente inquietante en la política contemporánea sudamericana, ese agotamiento postpandemia de las masas populares que en su momento alentaron revueltas populares en Perú, Bolivia, Ecuador y especialmente en Chile, que culminó en la entrega desprovechada de la Constitución de Pinochet, el último Horrocrux del dictador que, extrañamente dio paso a la emergencia de nuevas figuras performativas que han sabido canalizar el descontento para reconducirlo hacia la adherencia por las más crudas mieles del neoliberalismo, que hasta hace pocos años se planteaba dar por superado. Chile iba a ser la tumba del neoliberalismo. La revuelta quedó tuerta , la población enceguecida, el pesimismo se tomó el discurso y el resultado a la vista, José Antonio Kast, un rubio sin trabajo conocido, descendiente de un nazi y de una familia de colaboracionistas de Pinochet, con casi el 60% de los votos, se convirtió en presidente democrático.
No hubo nada de rebeldía en ello, aunque el conservadurismo se enmascare con rostros nuevos y outsiders de panel televisivo, formato streaming e insulto fácil, no alcanza a ocultar las ideas de lo que subyace en el fondo del cipayismo sudamericano: es que algo huele sospechosamente parecido a un reciclaje de Plan Cóndor, doctrina Monroe y adoctrinamiento severo por saturación vía redes sociales. Cuando uno observa la coreografía sincronizada de Donald Trump, y sus aprendices de tirano electo por la vía democrática, Javier Milei, Espriella, Fujimori y José Antonio Kast, no se puede evitar sentir que asistimos a una repetición de gestos tan predecibles como vacíos, una especie de déjà vu ideológico que huele a naftalina y a ese grosero aroma de la codicia, a bolsillos rancios de dinero maloliente. No se trata, verdaderamente, de líderes distintos en cada país de este vecindario llamado sudamerica; se trata de la misma criatura, con múltiples rostros, que emerge de las cloacas del capitalismo tardío para ofrecernos la misma solución: destruir lo público para que los ricos puedan dormir más tranquilos.
Y aquí conviene detenerse en lo que estos hombres encarnan, porque no es simplemente una política reaccionaria, sino un goce obsceno que el filósofo esloveno Slavoj Žižek identificaría sin dudar como el núcleo del populismo autoritario. Para Žižek, el líder de ultraderecha no miente para ocultar la verdad; miente para hacer patente, descarnadamente visible la verdad de su goce. Cuando Trump se burla de un periodista discapacitado, o cuando se ensañó con Greta Thunberg, una adolescente con TEA, llamándola «enferma mental» y burlándose de su activismo climático. cuando Milei y sus esbirros acosan a un niño autista como Ian Moche, cuando Kast señala con el dedo a un menor en la calle descalificando a su madre frente a aquel, no están cometiendo un error táctico. Están ofreciendo a su público lo que Žižek llama el plus-de-gozar: la transgresión permitida, la violencia simbólica que el sistema oficial prohíbe pero que todos desean en secreto. Esa crueldad gratuita no es un exabrupto; es el acto fundacional de una nueva comunidad política basada en la exclusión compartida. Como diría Žižek, el verdadero mensaje no es «vamos a salvar la patria», sino «vamos a joder juntos a los débiles que no merecen formar parte de nuestra patria». Y eso, en tiempos de hastío, es un pegamento más potente que cualquier programa económico.
Pero hay una capa más profunda, y aquí podemos atender una visión como la de Mark Fisher y su concepto de realismo capitalista. Estos líderes no ofrecen una alternativa; ofrecen la repetición de un fracaso disfrazado de urgencia, estos llamados gobiernos de emergencia que nos vienen a salvar de alguna debacle imaginaria apelando a un pasado glorioso. Fisher señalaba que el capitalismo tardío ha colonizado nuestro imaginario hasta el punto de que ya no podemos concebir un futuro diferente. Lo que vemos en Trump, Milei, Kast y el resto de líderes protofascistas, no es una novedad, sino una hauntología: el retorno de un espectro que nunca llegó a morir del todo. El Plan Cóndor, la Doctrina Monroe, el pinochetismo: vuelven como memes políticos, despojados de su contexto histórico pero cargados de la misma violencia estructural. Fisher lo llamaría «la nostalgia de un futuro que nunca llegó» —en este caso, el futuro neoliberal prometido en los años 90, que prometía libertad y que en cambio trajo precariedad, destrucción de las clases medias y un agravamiento profundo de las desigualdades materiales y socioeconómicas (hasta culturales). Ahora esos líderes venden la misma receta, pero con un barniz de shock y crueldad, porque saben que la promesa ya no convence. No ofrecen esperanza; ofrecen descarga adrenalínica. Es la política como rave de la desesperación.
La firma de decretos la misma noche de la asunción, que ha sido una tónica en todos estos presidentes, no es una decisión técnica; es un acto teatral, una erección política que busca demostrar que el nuevo poder no tiene tiempo que perder. Trump lo hizo en enero de 2025, rodeado de asesores y cámaras, revirtiendo órdenes de Biden con la misma parsimonia con que un niño rompe los castillos de arena de su hermano menor. Milei lo imitó, y Kast, firmó sus primeros decretos la noche del 11 de marzo, mientras los canales de televisión transmitían en vivo el espectáculo de la autoridad recién estrenada. El argumento es siempre el mismo: «Las señales de un gobierno de emergencia se deben dar desde el primer día». Pero, ¿qué emergencia? La emergencia es fabricada, una coartada para saltarse los procesos democráticos, para imponer sin debate lo que de otro modo requeriría semanas de negociación. La construcción de barreras físicas en la frontera chilena, una zanja en la arena, copia exacta del muro de Trump, no es una medida migratoria; es un símbolo, un fetiche de la exclusión. Y lo más patético es que los propios asesores de Kast niegan la inspiración trumpista, como si el plagio fuera un pecado menor que la falta de originalidad. Pero la historia no perdona las negativas: la repetición de gestos es tan evidente que hasta un ciego la vería.
La «Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos» de Milei, el One Big Beautiful Bill de Trump, el «Plan de Reconstrucción Nacional Megareforma» de Kast: nombres distintos, misma función. Son paquetes legislativos monstruosos, redactados en secreto por tecnócratas al servicio de los grandes capitales, que pretenden reformar todo de una vez: economía, trabajo, seguridad, educación, medio ambiente. Es la estrategia del shock, la que Naomi Klein describió con lucidez: cuando todo cambia al mismo tiempo, nadie puede oponerse a nada. Pero Fisher añadiría un matiz: esta estrategia funciona porque el electorado ya ha interiorizado lo que él llamaba impotencia reflexiva. Sabemos que estos paquetes son dañinos, sabemos que son mentiras, pero la sensación de que no hay alternativa es tan absoluta que ni siquiera nos tomamos la molestia de indignarnos. La derecha no necesita convencernos de que su plan es bueno; solo necesita que nos sintamos demasiado cansados para oponernos. Esa es la verdadera victoria del realismo capitalista: no la aceptación, sino la resignación activa. Y estos líderes lo saben. Por eso firman decretos a las dos de la mañana, por eso evitan el debate, por eso convierten la política en un bulldozer: saben que el único enemigo real es el tiempo que dejamos para pensar y manotear la pelota para evitar que llegue al fondo de la red.
Kast, con su habitual falta de sutileza, propuso limitar la gratuidad universitaria a menores de treinta años, como si la educación fuera un privilegio que caduca con la juventud, busca aumentar a 52 horas la jornada laboral y quería indemnizar a las pobres empresas que perdían sus permisos ambientales judicialmente después de contaminar. Milei, por su parte, intentó eliminar las indemnizaciones laborales y los controles de precios, congeló salarios de docentes, empleados de la salud, desfinanció a los discapacitados, dejó las rutas y caminos destruirse. Trump, en su primer mandato, quiso desmantelar el Obamacare y recortar los subsidios a la salud y hoy se ufana de la inflación que sufre el gigante del norte exclamando que adora la inflación que su política de guerra permanente le causa a sus ciudadanos. El patrón es claro: se trata de transferir recursos de los más débiles a los más fuertes, de desmantelar cualquier mecanismo de solidaridad colectiva bajo la excusa de la «reconstrucción» o la «libertad». Lo que estos proyectos tienen en común es su carácter autoritario: se presentan como urgentes, innegociables, y se aprueban a toda prisa, a menudo mediante decretos o leyes ómnibus que impiden el escrutinio detallado. Reiteramos, es el concepto de la política como bulldozer, no como deliberación. Y lo más grotesco es que se venden como «reformas pro-mercado», cuando en realidad son simplemente pro-ricos y el Estado se utiliza precisamente para enchastrar al mercado y a la competencia y para hacer un bullying internacional a pequeñas naciones que deben sufrir los aranceles proteccionistas impuestos por los adalides del libre mercado.
Tras una década de progresismo desbordado en el discurso público, de saturación del #metoo, de la corrección política excesiva, de la ultravictimización de las minorías, del wokeismo inquisidor, llegó un momento de contragolpe que fue utilizado abiertamente y con ventaja por la ultraderecha. Y así, dejaron caer la máscara de la seriedad y nos revelaron su verdadero rostro, ese que solo se mostraban entre ellos en encuentros de fraternidad o en reuniones familiares: la crueldad gratuita, el desprecio por los más vulnerables, la necesidad de humillar a quien no puede defenderse. Es la política del bullying elevada a principio de gobierno. Y funciona, porque una parte del electorado admira la fuerza bruta, la falta de escrúpulos, la capacidad de no dar tregua ni siquiera a los más débiles.
La frase favorita de Milei —«No hay plata»— fue sido adoptada por Kast y por su presidente Quiroz, el Ministro de Hacienda. Es un mantra que justifica cualquier recorte, cualquier desmantelamiento del Estado de bienestar. «No hay plata para salud», «no hay plata para educación», «no hay plata para ciencias, ni becas, ni para reparar un piano en La Moneda». Pero, ¿es cierto? El Consejo Fiscal Autónomo de Chile desmintió que el Estado esté en quiebra; los economistas serios señalan que un default soberano no está en el horizonte. La frase es una mentira, pero una mentira útil: permitió presentar la destrucción de lo público como una necesidad ineludible, no como una elección política. Trump, por su parte, ha intentado repetidamente desfinanciar el Obamacare, no porque no haya dinero, sino porque el dinero que se ahorra en subsidios a la salud se redirige a exenciones fiscales para los más ricos y a financiar a las empresas armamentísticas. Milei recortó los subsidios a la energía y al transporte, y luego usó esos ahorros para pagar deuda externa a los acreedores internacionales. Kast, con su reducción del 3% a todos los ministerios, golpeó precisamente los servicios públicos que atienden a los más pobres. El patrón es transparente: se trata de vaciar al Estado para que no pueda cumplir sus funciones sociales, y luego decir que el Estado es ineficiente. Es la profecía autocumplida de la derecha: primero se estrangula al animal, luego se le acusa de estar muerto.
Y por supuesto no hay mayor enemigo para estos muchachos que el pensamiento crítico, ese ejercicio lento, metódico y a menudo poco rentable que llamamos ciencia. En Argentina, la embestida contra el CONICET no fue una medida de austeridad, sino un acto de vandalismo cultural: el intento deliberado de decapitar la inteligencia nacional para que el rebaño no tenga más luz que la que emana de las pantallas de sus teléfonos. El Chile implacable de Kast, en su servilismo mimético, ha comenzado a implementar la misma lógica a través del asfixiante recorte a las becas de investigación y posgrado del Fondecyt. Se les dice a los jóvenes investigadores, con una frialdad administrativa que roza lo obsceno, que «no hay plata», mientras se dilapidan recursos en la construcción de zanjas en la arena y en la costosa propaganda del miedo. Es una purga silenciosa: al desfinanciar la ciencia, no solo se ahorran unos pocos pesos —un ahorro insignificante en el presupuesto nacional, pero devastador para el tejido intelectual—, sino que se asegura que el futuro esté poblado de técnicos dóciles y no de ciudadanos capaces de cuestionar la realidad. Es la venganza de los mediocres contra los que aún tienen la osadía de preguntar el «porqué» de las cosas; una forma de garantizar que, en el futuro, no quede nadie capaz de entender, mucho menos de desafiar, la maquinaria que los está desmantelando.
Pero hay una obsesión más profunda, casi teológica, que recorre a estos movimientos: la supuesta «batalla cultural» contra el fantasma del wokismo, un enemigo tan difuso como útil. Para ellos, la historia no es un proceso material, sino un maniqueo combate entre Occidente y Oriente, entre la civilización judeocristiana y la barbarie progresista. De ahí su devoción acrítica por Israel, no como Estado real con políticas concretas, sino como símbolo de un pueblo elegido que justifica cualquier alianza, cualquier cesión de soberanía. En sus discursos, la defensa de la familia tradicional, la lucha contra la ideología de género y la apología de un cristianismo militante se fusionan en una misma cruzada. No es casual que muchos de estos líderes se rodeen de pastores evangélicos que bendicen sus decretos mientras predican un reino milenario donde los pobres serán recompensados en el más allá y los ricos, aquí y ahora. Es la política como liturgia, una misa negra donde el altar es el Estado y la ofrenda, los derechos de los demás. Detrás del anti-wokismo no hay una defensa de la cultura, sino una coartada para instalar un cristianofascismo solapado, que disfraza de tradición lo que es pura dominación.
Y sin embargo, este mismo nacionalismo trasnochado que invocan —la patria, la bandera, la soberanía— se desvanece como humo cuando se trata de entregar los recursos naturales al mejor postor. Nada más ilustrativo que el caso de Codelco en Chile, la joya de la corona estatal, cuya privatización se perfila como el gran premio para los amigos del poder. O el grotesco espectáculo de la Agencia de Energía Nuclear argentina, que según rumores bien fundados podría terminar en manos de Peter Thiel, el excéntrico multimillonario que no solo financia campañas ultraderechistas, sino que se ha declarado abiertamente como un profeta del Anticristo, esperando la llegada de un mesías tecnológico que redima a la humanidad mediante la inteligencia artificial y la inmortalidad digital. Que un país soberano entregue su capacidad nuclear a un hombre que sueña con el fin del mundo tal como lo conocemos no es una decisión técnica; es un acto de rendición, una confesión de que el nacionalismo de estos líderes es puro maquillaje para el saqueo. La patria se invoca cuando se trata de cerrar fronteras a los pobres, pero se vende al mejor postor cuando hay recursos que privatizar. Es el viejo truco de la derecha latinoamericana: agitar la bandera mientras se firma la escritura de transferencia.
Este doble juego —batalla cultural contra enemigos imaginarios, rendición económica ante los verdaderos amos— es lo que define a esta nueva ultraderecha. Lo que une a Trump, Milei y Kast (agreguen a la Fujimori y al Zelensky colombiano recién electo) no es una ideología coherente —aunque la hay, y se llama neoliberalismo autoritario— sino una estrategia: actuar rápido, golpear fuerte, mentir sin pudor, y apuntar siempre a los mismos blancos: los derechos sociales, el medio ambiente, el Estado como garante de la igualdad, y poner al frente a un enemigo imaginario: los inmigrantes, el comunismo, los terroristas. Detrás de todo esto están las grandes fortunas, que observan complacidas cómo estos líderes allanan el camino para una nueva era de acumulación sin límites. Hoy celebran que, por lo bajo, con la megareforma no pagarán contribuciones por sus mansiones, obtendrán una rebaja obscena del impuesto corporativo, entre otros muchos beneficios para “dinamizar” la economía y dinamitar a la clase media.
Pero hay algo más, algo que el escritor francés Michelle Houellebecq detectaría de inmediato: el hastío. Estos líderes no ofrecen esperanza, ofrecen un alivio momentáneo a la ansiedad de las clases medias, a las que prometen que el caos será ordenado, que la crueldad será justicia, que la pobreza ajena es culpa de los pobres. Es una política de la resignación, no de la transformación. Y mientras ellos firman decretos, se pelean con niños y repiten que no hay plata, la retroexcavadora sigue avanzando, y lo que queda detrás es un paisaje desolado de derechos arrasados y riqueza concentrada. La música es la misma que le hacen bailar a Trump, y con ella arrulla a sus bailarines sudacas. Sudamérica nunca fue más patio trasero, nunca tan sudaca rumbo a la cloaca como hoy, ni siquiera en los tiempos de las dictaduras impuestas desde el norte, porque ahora el ganado concurrió y eligió con su voto esta pesadilla de bufones que nos toca soportar y que recién parece comenzar. La esperanza de parece estar en Brasil con Lula y en que Argentina despierte de una vez y de el grito de alarma continental, eyectando de una patada al delirante y vergonzoso que pusieron al frente del buque, pero para eso deben despertar primero del sueño patriotero con que le han adormecido entre remontadas de Messi en el mundial y las campañas de odio virtuales con que pretendieron convencerlos de que son la nueva tierra prometida por Yahvé a su pueblo. Sudamerica navegando los mares de la ultraderecha nunca se sintió tan sudaca.
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