Enjoy lo votado, desclasados.

Hay una frase que circula por las redes como un cuchillo de cocina: «disfrute lo votado». Es la respuesta perfecta, el gesto de un poder que ya no necesita disimular su desprecio. Pero lo que parece una burla es, en realidad, una confesión. Porque ningún pueblo vota contra sus propios intereses sin haber sido empujado a ello. Y el empujón, en este caso pluricausal, creo, requiere un análisis también de uno de esos factores: la izquierda progresista, esa clase media ilustrada que confundió la redención del proletariado con la gestión de culpas propias y ajenas.


Durante décadas, la izquierda sudamericana fue el refugio de los que no tenían voz. Eduardo Galeano, por ejemplo, era una voz que extremó su postura al punto de plantear algo que hoy sacaría aplausos desde la derecha judeocristiana y ronchas en el feminismo de izquierdas, que el aborto y la esterilización eran parte de un plan capitalista para matar a los revolucionarios en el vientre de la madre pobre.  Hoy, sus dirigentes hablan un idioma que los trabajadores ya no reconocen. Galeano evolucionó sus posturas con los años, al tiempo que la izquierda hegemónica pasó a llamarse progresismo y luego se convirtió en la caricatura woke dibujada en South Park, cambiando sus paradigmas y debates trasladándolos desde el debate sobre el salario, la jornada laboral y la distribución de la riqueza, por la regulación de los pronombres y el castigo a quien no acoja como un auto de fe las percepciones  del sí mismo, ajenas. A ratos parecen haber trasladado la preocupación del obrero por llegar a fin de mes por condenarlo al silbarle a un escote que va por la calle. Han convertido la política en un tribunal de conductas privadas, donde el gasfiter que quiere ver un programa de trasnoche con tetas y culos se perfila como un protofascista, y la empleada doméstica que aplaude a una modelo en un concurso de verano es una cómplice del patriarcado. La izquierda ha declarado la guerra a los goces populares, y luego se pregunta por qué el pueblo ya no la quiere, por qué no los vota.


Tal vez se trate de un momento de modernidad líquida como el que planteaba  Zygmunt Bauman donde las identidades sólidas se disuelven en fragmentos de indignación selectiva. La izquierda no estaría ofreciendo un proyecto; ofrece un manual de buenas costumbres. Y mientras se enreda en la cancelación de lo que considera moralmente incorrecto —el transgenerismo, el animalismo, el ecologismo de salón—, la ultraderecha le ha robado el concepto de la libertad en su cruzada llamada “la batalla cultural”. No porque crea en ella, sino porque entendió que la libertad es un evangelio que les permite esconder la realidad de su agenda conservadora mientras convoca a las masas. Los nuevos líderes autoritarios hablan de libertad mientras desmantelan el Estado, y la izquierda, atrapada en su superioridad moral, no tiene respuesta porque ya no sabe de qué hablar.


El cenit en esta ceguera lo manifiesta el desprecio que destilan respecto del votante «desclasado». La izquierda mira con asco al obrero que vota por quien lo aplasta, sin preguntarse cómo es posible que ese obrero haya llegado a esa conclusión. No se representa que el Partido Socialista se ha convertido en una casa controlada por estirpes hereditarias y apellidos vinosos, un clan familiar de vampiros que administra el Estado como si fuera una herencia. No se representa tampoco la deriva joven, como el Frente Amplio en Chile, que deben bajar al barro y escuchar, antes que pontificarle al electorado lo que debe pensar, lo que “es ser mujer”, lo que debe hacer en su vida íntima, en sus dispositivos privados y sus comentarios. La izquierda se ha vuelto todo lo contrario a una fiesta de libertades con Pan tocando la flauta, pasando a ser una institución pedagógica de una moral disciplinaria, y el pueblo, como todo alumno castigado, ha terminado por odiar a su maestro.


Hay algo de retraso en la izquierda que no logra comprender el mundo que se le viene encima a sus otrora defendidos. Un futuro que ya está pasando sin tocar el timbre ni pedir permiso. Mientras la ultraderecha aboga por reducir derechos laborales so pretexto de dinamizar el mercado del trabajo ante los embates de las tecnologías que amenazan con una cesantía apocaliptica, la izquierda no advierte el peligro ni las oportunidades. Los trabajadores que la inteligencia artificial no podrá reemplazar —el albañil, el mecánico, la modista, la asesora del hogar, el orfebre, el jardinero (disculpen el estereotipo de género histórico)— y que sostienen el mundo con sus manos, son irremplazables, y nadie se lo revela. En lugar de animarlos a exigir mejores salarios, la izquierda los culpa del cambio climático por esperar trabajar turnos infernales en una minera catalogada como ecocida. En lugar de defender su derecho al descanso, los condena por ver televisión basura. En lugar de ver en los suboficiales de la policía y del ejército a hijos de la pobreza que deberían poder llegar a Generales, los trata como enemigos de clase y manda a estudiantes e indignados a cagarse a las a las piñas con ellos en las protestas, mientras los oficiales, hijitos de papá, que jamás han cometido ni cometerán un acto de heroísmo patrio los siguen mirando desde sus oficinas con desprecio clasista.


La ultraderecha ha entendido algo que la izquierda olvidó: el pueblo no quiere ser educado, quiere ser escuchado. Quiere que le hablen de empleo, de condiciones laborales, de futuro. Quiere que le devuelvan la dignidad de elegir su propia moral, sus propios gustos, sus propios errores. Cuando la izquierda abandonó ese terreno, dejó un vacío que el populismo autoritario se apresuró a llenar. Y ahora, cuando el pueblo vota por quien lo desmantela, la izquierda lo llama «desclasado» en lugar de preguntarse qué hizo para merecer ese desprecio.


Yuval Noah Harari advierte que el mayor peligro del siglo XXI es la irrelevancia. La izquierda se ha vuelto irrelevante para quienes debería proteger. Ha preferido la pureza ideológica al contacto con la realidad, y el resultado es un electorado que, en su hastío, prefiere el cinismo de un verdugo que la hipocresía de un salvador que no lo soporta. El «disfrute lo votado» no es una burla; es el epitafio de una izquierda que, en su arrogancia, fue la arquitecta de su propia derrota. Y mientras siga culpando al electorado, seguirá perdiendo. Porque el pueblo, ese viejo pueblo que ya no la reconoce, ha decidido que prefiere el infierno conocido al purgatorio que le prometen desde el púlpito de la Suprema Sor de la Corrección Progresista.




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