viernes, 12 de junio de 2026

Lazarus: El mundo se fue al carajo

El 10 de enero de 2016, cuando el mundo despertó con la noticia de la muerte de David Bowie, no solo se apagó una estrella; se fracturó el último ancla de una modernidad que aún creía en la reinvención, en la ambigüedad estética y en la sofisticación intelectual. Gary Oldman intuyó, con una precisión casi clínica, que con su partida algo se rompió en el tejido de la realidad. Lo que siguió no fue una transición natural hacia el futuro, sino un colapso en cascada hacia la era del cinismo, la superficialidad y un neofascismo que se alimenta de la propia podredumbre del sistema. Sin Bowie, el mundo perdió el espejo que nos obligaba a elevar nuestros estándares; sin él, hemos caído en una espiral donde la política es un show de variedades, la verdad es un dato negociable y la tecnología es un arma de control diseñada por exadolescentes con delirios de grandeza.

Desde aquel día, la política ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en un ejercicio de entomología grotesca. El ascenso de figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro, José Antonio Kast o Javier Milei no es un accidente, sino la manifestación física de una sociedad que ha sustituido el intelecto por el meme y la gestión del Estado por la performance de bufón. Es una política de la grasa y el resentimiento, donde el debate ha sido reemplazado por el alarido y la trinchera. Esta degradación se traduce en una geopolítica de saqueo a cielo abierto. Donald Trump, ese vendedor de coches usados que ha transformado la política exterior en un negocio de crudo y sangre, encuentra en las élites regionales sus mejores cómplices. La figura de María Corina Machado es el epítome de esta capitulación: una clase política que, en su desesperación por recuperar el poder, se arrastra ante el magnate estadounidense para entregarle los recursos naturales de su nación, agradeciendo el despojo a cambio de una validación externa que huele a vergüenza ajena. Paralelamente, en Oriente Medio, la impunidad se ha vuelto absoluta; Netanyahu bombardea campos de refugiados y hospitales, asesinando niños con la frialdad técnica de quien elimina un error de sistema, mientras el resto del mundo observa a través de un scroll infinito, incapaz de sentir otra cosa que una indiferencia anestesiada.

En este vacío dejado por la vanguardia artística, han emergido los nuevos señores feudales de Silicon Valley, cuya misantropía solo es comparable a su capacidad de destrucción. Peter Thiel, con sus delirios de un cristiano-fascismo tecnocrático, no solo financia la precariedad laboral, sino que predica sobre la llegada de un Anticristo tecnológico, una escatología que justifica su desprecio por la democracia. Mientras tanto, Elon Musk y Jeff Bezos, esos adolescentes tardíos con poder infinito, queman millones en recursos naturales para lanzar cohetes que, con frecuencia, explotan antes de elevarse, en una misión ridícula de colonizar Marte o la Luna mientras destruyen el planeta que habitamos. Es una fanfarronería técnica que esconde una huida de la responsabilidad humana. Esta lógica de mercado ha infiltrado cada poro de la existencia: la "uberización" ha terminado de deshumanizar al trabajador, transformándolo en una unidad de producción precaria, un "socio" de una aplicación que lo explota bajo la promesa ilusoria de la autogestión. Esta mentira se extiende a una juventud seducida por la estafa de los influencers, convencidos de que el éxito es "crear contenido", convertir su vida privada en un flujo incesante de datos para el consumo ajeno. La mercantilización del cuerpo bajo el disfraz del empoderamiento es el síntoma final: las creadoras de OnlyFans son presentadas como empresarias, cuando en realidad no son más que muñecas sexuales de pantalla, piezas de un sistema que ha reducido la intimidad a un producto de suscripción mensual, glorificando la servidumbre bajo el ropaje de la libertad.

La estupidización de la nueva generación es, quizás, el golpe de gracia. Criados y educados con memes, videos de TikTok y una dieta de estímulos breves y vacíos, estos jóvenes han perdido la capacidad de concentración más elemental. Son incapaces de ver una película de más de hora y media, pues el tiempo cinematográfico les resulta insoportable, y la idea de leer un libro les parece un esfuerzo arqueológico, ajeno a su realidad de gratificación instantánea. Han fragmentado su pensamiento en tribus digitales incapaces de sostener un diálogo que no sea una reafirmación de sus propias neurosis. El fútbol, último refugio de la épica popular, ha seguido la misma ruta de asepsia corporativa; la muerte de Maradona cerró el capítulo del jugador rebelde y sucio, siendo sustituido por Lionel Messi, un muñeco de cera diseñado por el marketing global, un embajador de estados autoritarios que sirve para blanquear la reputación de quienes compran el mundo a golpe de chequera, desprovisto del fuego sagrado que caracterizó a su predecesor. No hay nada que salvar en este panorama. La música, otrora el vehículo de la experimentación y la ambigüedad, ha sido reducida a fórmulas comerciales de trap y reggaetón, ritmos predecibles diseñados para un público que ya no sabe cómo aburrirse. El mundo no se fue al carajo por una casualidad; se fue al carajo porque, finalmente, nos hemos convertido en lo que siempre temimos: una sociedad de autómatas que, al quedarse sin espejos, se han quedado sin alma. Observamos, con la distancia clínica de quien contempla una enfermedad terminal, cómo la civilización se desliza, sin elegancia y sin ruido, hacia su propia y merecida irrelevancia. 


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