miércoles, 22 de marzo de 2017

Charly Nepali. 3 Pokhara, refugio y paz.

La experiencia sobrevolando el Himalaya fue sencillamente magnífica y trascendental en todo aquello que significó hacerme zapatear el corazón como un niño, como ese niño que fui alguna vez y que corría feliz a un kiosco a comprar una historieta cuando lograba juntar dinero.
Regresé al hotel y desayuné una típica vianda de comida nepali. Más tarde Bipin, mi nuevo amigo guía, me pasó a buscar para ir a conocer la World Peace Pagoda, un templo enclavado sobre un monte con hermosas vistas dedicado a Buda. Previo a ello recorremos un templo y observamos en un paseo unas estatuas muy feas con representaciones de las distintas castas típicas del lugar. Me recuerdan la estatua del minero de brazos desproporcionados que está en el acceso de Freirina en el norte chico de Chile. También me lo recuerdan los distintos cortes en los cerros del valle, cuyas terrazas miran al río y los cerros del frente. La distancia no es mucha, excepto que aquí la pobreza material es superior, las mujeres deben subir varios kilómetros de cerro con el cesto cargado a su espalda sostenido con la frente y la fortaleza de su cuello, para así contar con agua potable en sus hogares. 
Las casas son las mismas que han habitado varias generaciones de familias, están hechas de un especial adobe compuesto por finas ramitas y barro. Es pobreza material la que se ve, pero que se contrapone a la riqueza de mantener sus tradiciones, la crianza de aves de corral y animales para leche y carne, sus vestimentas y su forma de vida, aún no contaminada ni absorvida por la visión del hombre occidental, aunque se aprecien ya en los centros urbanos más poblados, sus primeras influencias. En la mantención innata de sus tradiciones familiares y sus creencias religiosas pacíficas firmemente arraigadas en sus corazones, es que se distancian en su pobreza de la pobreza en nuestro norte intervenido materialmente por un estado subsidiario que entrega a los necesitados conjuntos habitacionales compuestos por casas uniformes de ladrillos rojos sin identidad. Traen un confortable alcantarillado, luz eléctrica y agua potable, generando poblaciones allí donde existían aldeas y tradiciones que terminan en el olvido.





El día está soleado y luminoso. En el ascenso puedo ver la ciudad y las montañas. Afortunadamente hay unos pocos turistas y ningún peregrino. Luego vamos a un campo de refugiados tibetanos donde las mujeres fabrican telares y alfombras hechas a mano. Compro una bajada de cama con un elefantito para mi hijo Lucca confeccionado por alguna tibetana refugiada de primera generación.
Los tibetanos empezaron a llegar de China a través de la cordillera del Himalaya en 1959, cuando se completó la ocupación de Tíbet por Pekín. Es un cruce peligroso. Este, según las fotografías, es uno de los primeros campos de refugiados y fue visitado por el propio Dalai Lama.

Me explican que los tibetanos que parten al exilio lo hacen con el objetivo de encontrar refugio en Nepal o atravesar el país para llegar a India. 
Un pequeño número fue procesado por las autoridades y alojado en un centro para refugiados de la capital en Katmandú.
Los que partieron al exilio conjuntamente con el Dalai Lama son los llamados refugiados de primera generación y son los que gozan de mayores derechos. Solo una minoría de tibetanos de segunda generación ha obtenido la nacionalidad nepalí, lo que significa que la inmensa mayoría vive en la ilegalidad. Para el gobierno de Nepal, pese al desorden evidente de sus estructuras en que uno podría pensar que la entrega de la residencia nepali es cosa fácil, en el caso de los tibetanos de segunda generación el tema no es nada sencillo, particularmente por la presión impuesta desde China, una de los principales inversionistas del país, de manera que los tibetanos de exilio reciente viven en la más absoluta marginalidad.

De 1991 a 2008, llegaron al año un promedio de 2.200 tibetanos, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. Solo 171 lo hicieron en 2013, y muchos menos de ahí en más.

Una de las razones es que la creciente economía china ha persuadido a muchos tibetanos a que se quedaran en casa. Incluso algunos de ellos se están volviendo al Tíbet después de años de exilio. Pero la disminución del número de inmigrantes tibetanos en Nepal también sugiere fuertemente que el que fuera alguna vez el acogedor gobierno de Nepal ha sido presionado por China para cerrar la puerta a través de controles más estrictos en sus fronteras. 

Finalmente llegamos a la Shanti Stupa o pagoda de la paz (World Peace Pagoda). Zapatos fuera, vistas, aire puro y fotografías de rigor. Siendo franco, nada muy espiritual, excepto las vistas a la montaña y al lago Fewa. Los visitantes, aunque son pocos, destacan irrespetuosos y contribuyen a disminuir el encanto de estar en un lugar sagrado, algunos de ellos ruidosos chinos y jóvenes locales que se ríen quien sabe de qué. 




El templo está construido sobre el monte Ananda a unos 1100 metros de altura y contiene algunas reliquias de Buda. Es una de las 12 Stupas que contienen alguna reliquia de Budha. La otra que está en territorio nepalés es la de Lumbini, el resto están todas en India.

Posteriormente descendemos por un cerro escarpado de suelo humedecido y es cuando me caigo de culo varias veces gracias al auspicio de mis zapatillas de trekking que no fueron tales. Gracias Under Armour.

Una vez en el lago Fewa nos montamos en una canoa con tracción humana. Es un paseo tranquilo hasta la otra orilla para almorzar y beber una cerveza. Más tarde recorremos una pequeña represa que está en plena ciudad y que Bipin me exhibe con orgullo. Paseamos por el sector comercial no turístico de Pokhara que  se revela muy distinto y mucho más barato que el sector turístico junto al lago cercano a mi hotel. 

Por la noche salimos en una motocicleta tipo vespa como las que sobreabundan en la ciudad, a recorrer el camino junto al lago y cenamos en una galería especializada en recibir turistas y nos agasajamos observando unos bailes tradicionales en un restaurante que me imagino cumple una función simil de las parrillas con show de tango con que se engatusan a los turistas en mi Buenos Aires querido. 



La hospitalidad es innata. Es un sitio humilde, pero en cada paso y en cada ejecución de sus instrumentos tribales se nota que están dando lo mejor de sí. Me siento como el Sr . Williams en la fiesta de Bienvenida en el palacio del Sr. Han en Operación Dragón.


El camino al hotel lo hacemos recorriendo la orilla del lago y resulta imposible perderse, pues es recto e iluminado, lleno de tiendas de ropa y souvenirs. Tras una larga negociación con Bipin, que no me quiere perder de vista a sol ni sombra, consigo que se vaya a dormir y que me deje regresar solo. En el camino voy atravesando diversos recovecos de la ciudad, tomo un taxi y le pido que me lleve donde la gente local se divierte y pueda escuchar algo de música en vivo. Me lleva a un sector en el centro a menos de dos minutos e ingreso a un bar que queda subiendo una larga escalinata. Adentro me pido una cerveza Everest, mientras una banda de chicos nepaleses de no mas de 16 años tocan a los Rolling Stones, a Metallica y muchas canciones de Nirvana del álbum Bleach. Tocan magnificamente aunque el inglés del vocalista es tan correcto como mi italiano. Cruzo luego a una cafetería y me permito un espresso pequeño mientras me conecto al wifi para conectarme con el otro lado del mundo. Finalmente regreso caminando al hotel, sacando fotosa los escaparates para enviar a Chile muestras para que escojan regalitos.
Me duermo observando la belleza del reflejo de la luna en la montaña. Es noche de Super Luna. La vista es conmovedora.






lunes, 13 de marzo de 2017

El lenguaje de los delfines

Esta vez la llamada telefónica fue de mi hermano. "Charly, el papá se desmayó en la oficina, lo trasladaron a un hospital, no sabemos nada más". Diez minutos después el nuevo llamado confirmaba mis temores, "al parecer fue un accidente cerebro vascular". 
Veinte años antes la misma llamada la hizo mi hermana: "está en el hospital con un ataque al corazón", media hora después el diagnóstico pasó a arritmia cardiaca aguda. Los procedimientos fueron similares, pero con los actores más viejos. Ahora mi vieja deambulaba perdida por las calles de Valparaiso buscando el hospital Gustavo Friecke, veinte años atrás lo sacaba a la fuerza del hospital de Copiapó secuestrando cardiólogos para subirlo a un avión rumbo a Santiago para que no le mataran al marido los doctores de provincia. Ahora la vieja demostraba que seguía siendo la misma leona incombustible de siempre, autorizaba operaciones con 99% de riesgo vital y lo subía a un helicóptero a la mejor clínica que existiera dentro del territorio nacional. No reparando en gastos, vida o muerte, luchar o morir. Horas de angustia, acompañada por mi tía, la hermana mayor del viejo, luego mi hermana, esa versión remasterizada y simpática de la mamá, luego mi hermano mayor convertido en una miel de angustias.
Todo era tiempo. Parecía un partido de fútbol de semifinales de la Copa Libertadores como visitante: "lo importante es aguantar los primeros quince minutos"; "hay que mantener el cero hasta el entretiempo"; "ojalá una contra y un gol antes de ir al descanso"; "fue vital operarlo antes de las seis horas del acv"; "ya pasó las primeras 6 horas tras la cirugía, lo importante es que no tenga una transformación hemorrágica"; "las primeras 36 horas son claves". Números, códigos, claves en lunfardo de batas blancas que intentan con soberbia ganarle el gallito a la parca. 
Yo solo recibo los reportes por el celular vía WhatsApp, no recuerdo si sentado de copiloto o en una tierna posición fetal en el asiento de atrás de una SUV que manejaba mi jefe. 
Llegué a Santiago a las 3:00 am, cerca de seis horas de viaje por tierra con un malestar punzante en el cerebro del estómago y en los recuerdos con reproches innecesarios. Nunca hablamos, me retumbaba en el pecho, nunca hablamos. Cuánto tiempo perdido, pensaba, cuántas horas de silencio. 
Pasé al departamento, besé a mi mujer y miré dormir a mi hijo y me fui a la clínica en un Uber con un chófer que tras las conversaciones y averiguaciones de rigor me deseó suerte con el viejo.
Mi familia eran los únicos que estaban desparramados en la UTI de la clínica, la vieja, mi hermana y sus chicos y el flaco, y mi hermano caminando como Rocky Balboa en un congelador de carne sin reses para golpear. Todos con una cara demasiado expresiva, como perros inquietos que no comprenden por qué demonios dios los apalea tanto. Abrazos de rigor, explicaciones de doctor y la vieja que se acerca como una negrura en la tempestad y me dice que hay que estar preparados para lo peor. Pero yo no estoy preparado para lo peor, yo aun no he cruzado palabras con mi viejo en toda la vida. No puede ser, me digo sin responderle, hace tan poco lo hice abuelo, hace tan poco, hay tanto que debe decirme, tanto por explicarmos, tantas horas por recobrar. Si sale de esta juro que me lo llevo al mundial de Rusia. La constatación de la mortalidad de tus padres es un signo de madurez, escuché o leí alguna vez. Yo no lo tenía. Cuando supe que era un acv y que debían extraerle manualmente el coágulo y podía morir sentí como un puño de dios golpeándome el esófago. Ya había muerto Lou Reed, Bowie, y Muhammad Ali. Ya se había muerto Fidel, y Leonard Cohen no volvería jamás a cantar el "I'm your Man" que el papá le dedicaba a mi vieja en tono de broma pero casi en serio. Era el ciclo de la vida, me anunciaba la razón, así como Batman, Superman y yo mismo habiamos crecido y tenido hijos, estaba también la otra cara de la moneda.
Pero sobrevivió y llegó el día siguiente.
"Ha estado lúcido en todo momento", me dicen, "me dijo que saliendo de aquí se quiere ir a vivir con nosotros"; "me dijo que terminara la carrera"; "me dijo que vuelva a vivir con mi pareja"; me dijo esto y lo otro. 
A todos les dijo algo en ese estado deslenguado de enfermo semiconsciente cuyo daño cerebral del hemisferio derecho emancipaba con desparpajo a un desconocido espíritu indomable del otro hemisferio. Ese lado oscuro de su luna personal siempre tan contenido en su vida monástica, quedaba ahora a cargo del buque.
Exigía que lo bajaran de la cama, que lo llevaran al baño, que nada de pañales, que la UTI era peor que el hotel del infierno. Me agarró la mano, no me dijo nada excepto que estaba bien. Nada de consejos de revés como hizo con el resto. Yo llevaba un parlante y le puse de esa música espiritual de los hindúes y algunos mantras tibetanos de sanación. Me recordé lo cómodo que era ser creyente en días como estos. 
Pasaron las horas, el viejo luchaba contra los momentos más críticos y me pidió cambiar la música, Tom Waits, dijo con una voz de Leonard Cohen de ultratumba. Charly pone "All the world is green", deja la música oriental solo para cuando me vaya a dormir o me vas a matar del aburrimiento, y así lo hice.

"Pretend that you owe me nothing
And all the world is green
We can bring back the old days again
And all the world is green"

Lo noté más feliz, más conectado, la música siempre lo transportaba a lugares felices que solo le pertenecían a él, como cuando se pasaba las noches mirando las estrellas en el cielo antes de irse a dormir cuando viviamos en Rigoberto Aracena 1016 en Copiapó. 
Le armé un playlist para el día siguiente. Cohen, Cash, Waits, Nelson, y White Stripes pues queria escuchar Jolene, Jolene, Jolene, Jolene. No me dijo nada, se limitó a escuchar con agrado, sin confesiones, consejos ni despedidas de extrema unción, pero al segundo tema me pidió "Father and Son" de Cat Stevens y me pidió además que le fuera traduciendo la letra: 

"Hay tanto que tienes que saber. 
Encuentra una muchacha, establécete, 
Si quieres puedes casarte. 
Mírame, yo soy viejo, pero estoy contento. 
Yo fui como tu, y sé que no es fácil".

Fue cuando comprendí. Siempre había sido así entre nosotros, ese era nuestro diálogo, nuestro código morse, nuestro lenguaje. Nos comunicabamos en una frecuencia diferente y él lo sabía desde mucho antes que yo me enterara. Siempre lo supo el viejo, y recordé cuando hace muchos años atrás íbamos en el auto y en la compactera sonaban los Fabulosos Cadillacs con el "vos sabés" y como si nada largó "esa canción es buena". Nada más, y siguió manejando. 
El papá me enseñó a tocar la guitarra, ¿la primera canción que aprendí? "Mi viejo", de Piero, que en nada se parece a él, pero no por eso deja de ser un símbolo potente, como las primeras figuras dibujadas por los hombres de las cavernas para decir aquí estoy, yo soy, esto somos. 
Una melodía, una frecuencia de ondas muy distintas pero indisolubles. Nuestra comunicación se revelaba como el canto de los delfines.
Leí que el cerebro de un delfín es superior al de un ser humano, no sólo en tamaño sino que también en relación a su estructura: el córtex, la parte más nueva evolutivamente hablando del cerebro y la zona donde se genera la conciencia de uno mismo y del entorno, es más compleja en los delfines que en los humanos. Ello ha llevado a que algunos investigadores hayan llegado a la conclusión de que el intelecto del delfín es superior al nuestro, aunque distinto. Nosotros somos especialistas en adaptar el medio a nuestras necesidades; en cambio, los delfines estarían mejor preparados para aprovechar todas las posibilidades que les ofrece el medio en el que viven, pero sin alterarlo. Suelen andar en grupo cerca de las costas y están entre los animales que más interactúan con el ser humano. Usan la ecolocalización para orientarse, así como los sonidos y la danza para interactuar y comunicarse y se ha dicho últimamente que hasta pueden llamarse por su nombre.
Costaba entenderle al papá lo que pedía escuchar, una voz gastada, problemas de deglución y media boca caída pero aun así se las ingenió para deletrear que la canción era "Save the last dance for me", porque le gustaba ver a Bruce Springsteen en el concierto sacando a bailar a su madre anciana ante la multitud. 
"Para que la bailes con tu mamá", me dijo y se le escuchó a la perfección ese imperativo. Entonces busqué y encontré una versión interpretada por Leonard Cohen, y ahí, entre los cables, los sueros y los desfibriladores de la Unidad de Tratamientos Intensivos, saqué a bailar a mi vieja, riendo abrazados como en una ranchera, ante la mirada atenta y cómplice del papá en esa suerte de baile que gambeteó a la muerte, como delfines aprovechando el entorno para celebrar la vida. 
Tuve la certeza al fin, que ese no sería el último baile.



jueves, 12 de enero de 2017

Rock or Bust

¿Rock or Bust?



En Huasco, un pequeño poblado costero del norte de Chile se realiza desde hace años un comprometido encuentro de Rock que dura aproximadamente unas doce horas. Digo comprometido porque las bandas asistentes cobran menos de lo usual, la entrada es gratuita, el escenario está junto al mar, el discurso es la protección del medio ambiente, y el verbo es el Rock. 

Los A77aque compartieron escenario junto a Los Machuca, apoyando al Municipio y a los ciudadanos en el juicio que llevaban contra Endesa a fin de evitar la construcción de la Central Termoeléctrica más grande de Sudamérica. Y lo consiguieron. No diré que fue gracias al Rock, no, pero su mística ayudó. 


Por el anfiteatro del mar pasaron más tarde Los Miserables, Los Chancho en Piedra, Sinergia, Los Peores de Chile y otros próceres del rock nuestro de cada día, que con humildad y oficio, fueron capaces de ir compartiendo escenario con los chicos de bandas locales de Huasco. El sueño del pibe. Papelucho puede ser Rockero. Y los chicos le llamaron a su festival: "La Cumbre del Rock". 


Eso hasta que desde Santiago alguien cogió el teléfono y dijo que no podían llamarle así a su festival, pues el era dueño del nombre "Cumbre del Rock". Hasta ahí llegó el nombre. Nadie se iba a pelear por algo tan bobo, algo tan de la guerra fría como el término "Cumbre" para designar a un grupo de chicos que se juntan a hacer aullar sus guitarras. Al menos eso era en Huasco, juntarse a rockear. Lo de Santiago era otra cosa, un show pagado con los artistas de moda y algunos clásicos acostumbrados a no sacar nada nuevo como Joe Vasconcellos. Hace rock Joe? Y esa comenzó a ser precisamente la pregunta en el último festival capitalino, en la última "Cumbre del Rock", donde se pasearon músicos como Javiera Mena, Monserrat Bustamante con tatuajes, y un encabritado Alex Andwanter que manifestó sentirse incómodo en ese club de machos: "Yo no me identifico mucho con el rock, porque el rock ha sido tradicionalmente un club de hombres, y si necesitamos algo para este 2017 no es un club de hombres, sino que más igualdad, más respeto por las mujeres y para la comunidad gay",  olvidándose del peso histórico de bandas como Queen, The Hole, olvidándose del paso por Chile de Sinead O'Connor en el Amnistía Internacional lanzando un escupitajo muy rockero al costado derecho del escenario; olvidándose, como bien nos recuerda Greil Marcus en su "Historia del Rock en 10 canciones" que las canciones del mismísimo Little Richard estaban llenas de gays, travestis, adúlteros y prostitutas, por no hablar de las prostitutas travestis gays adúlteras; o que la banda Joy Division se puso ese nombre por los burdeles de prisioneras de los campos de concentración nazis, en honor a los oprimidos, no a los opresores. 


Cuántos de esos chicos huasquinos que hacen estallar sus guitarras bajo las chimeneas industriales habrían matado por estar sufriendo el boicot técnico en el club de machos denunciado por Andwandter. Ni siquiera hace rock, dirían los más ultrones.

Es el problema de estos festivales de rocketeck , porque en eso se han transformado, en un escenario generador de tickets y monedas para productoras, sin una idea, sin un estallido, sin una razón, o más bien con una razón, una nada más lejana que la del rock que suda el espíritu adolescente, esa que inspira y es portadora de sueños. 

Solo es una gran venta, esa Cumbre del Rock sin espíritu, no es más que un gran supermercado con un show de variedades al que solo le faltó Palmenia Pizarro y ya habríamos estado frente al Festival de la Una con un Gian Phillipe Creton haciendo de Enrique Maluenda (desde cuando hay animadores en los festivales de Rock?); donde Cecilia habría sido más pertinente que Javiera Mena. Un verdadero Carnival tan kitsh como le pareció el festival de Viña a Charly García cuando subió al escenario en silla de ruedas y dijo: "aprende Chile, esto es Rock".


Y qué es Rock? Marcus cita a Neil Young: "El rock and roll es despreocupado e imprudente. El rock and roll es la causa del country. El country y el blues llegaron antes, pero de alguna manera el lugar del rock and roll en el transcurso de los acontecimientos ha quedado disperso". Y claro, el rock es una tierra de libertad, sin espacio ni tiempo, que admite todo con su inefable poder de transformación, pero cuando estamos frente a una maquina simplona de compromisos monetarios, el velo se descorre porque se ha matado la esencia, como cuando alguien en su ignorancia lo tilda de machista (al Rock!), como cuando no importa meter cualquier cosa en la licuadora con tal de rellenar la grilla, con el fin de vender y cumplir con los compromisos económicos. 

Hablábamos con Alfredo Lewin sobre la incorporación momentánea de Axl Rose a Ac/Dc, cuando analizábamos el capítulo de los dinosaurios en "Cocinando con Caníbales"

¿Qué clase de engendro era ese? Pero claro, the show must go on, sobre todo si las entradas ya fueron vendidas. ¿Rock or bust? Fue el tema con que terminamos la entrevista.

Rock or Bust, ¿cual es la verdadera "cumbre" del Rock? La de la Capital con su grilla, cumpliendo compromisos económicos, sus asientos estratificados socialmente y ofertando homenajes variopintos sin tema ni lema, o es la fiesta de los chicos en Huasco que pelean contra las chimeneas industriales montados en sus guitarras como el quijote frente al Molino, esa que se hace gratis frente al mar, compartiendo escenario junto a sus héroes, con los ojos llenos de imprudencia, llenos de rebeldía y llenos de Rock. 


sábado, 10 de diciembre de 2016

Charly Nepali. Parte 2: las cumbres del Annapurna.

Buda was born in Nepal, se lee en muchas partes, y así se han encargado de reiterarmelo mis guías. Lo siento como una suerte de lema patriotero medio forzado, como esos relativos a que el pisco es peruano o que Gardel es uruguayo. 

Buda habría nacido en Lumbini y ahí viene la historia del sueño con el elefante blanco y la mitología respectiva por casi todos conocida. 

Mi guía en Katmandú no quería mucho a los Hindúes, "tratan de olvidar que Buda nació en Nepal. No son de fiar, son mentirosos". Me causa risa su desconfianza nacionalista.

Finalmente creo haber comprendido lo que es una mandala, cuando visitamos una galería de arte-escuela en que fabrican pinturas hechas a mano. Me explican la teoría de la iluminación de Buda con el cerdo, la serpiente y el águila en el centro representando los males que azotan al hombre: la pereza, la ira y la envidia. 

En las mandalas el  espacio sagrado (el centro del universo y soporte de concentración) es representado como un círculo inscrito dentro de una forma cuadrangular. En la práctica, los yantrashinduistas son lineales, mientras que los mandalas budistas son bastante figurativos, como el de la pintura que me decidí a comprar, en que Buda alcanza la iluminación escapando de ese centro: “la conciencia más alta o «mente», común a todos los seres conscientes, que depende de abrazar de manera no sentimental la existencia en su totalidad. Una verdadera experiencia de prajna corresponde a la «iluminación» o liberación —no cambio, sino transformación—, a una visión profunda de la identidad personal con la vida universal, tanto pasada como presente y futura, lo que impide que el hombre haga daño a otros, librándole del miedo al nacimiento-y-muerte.

En el siglo V a. C., cerca de la ciudad de Gaya, al sureste de Benarés, Sakiamuni logró la iluminación mediante una profunda experiencia de que su «verdadera naturaleza», su naturaleza como buda, no era diferente de la naturaleza del universo.” (Peter Mathiessen).


Pero eso fue en Katmandú y ahora estoy en Pokhara, una ciudad mucho más tranquila y turística muy cerca del Annapurna. Acá se realizan muchos trekking y se practica deportes extremos para turistas. En ese sentido se parece a  nuestro Pucón, tenemos paragliding desde los cerros, rafting, paseos en canoa, zip fly y sobrevuelos al Himalaya en ultraligero, helicópteros y avionetas.

Bajando del avión del Yeti se observa el Himalaya con una cercanía sobrecogedora, y el FishTale, una montaña con forma  de aleta de tiburón, parece más alta de lo que realmente es producto de su cercanía con la ciudad, sin embargo más atrás y a mucha distancia se encuentra una montaña de más de 8000 metros.

Me espera mi guía con un letrero  con mi nombre perfectamente escrito. Me deja en el hotel, con vistas magnificas al Annapurna y le explico que deseo sobrevolar el Himalaya en uno de esos mini avioncitos y que me quiero lanzar de un cerro en una cuerda. Bipin, que así es el nombre de mi guía, actúa con gran dedicación y reorganiza todo el tour a fin de cumplir con mis expectativas cabalmente, lo que confirma el planteamiento de Mathiessen en torno a que “se sirve a la tarea, no al patrón. Saben, como budistas que son, que hacer las cosas importa más que el éxito o la recompensa; que servir desinteresadamente es ser libre”. Eso no significa que yo deba comportarme como el personaje de Steve Buscemi en Reservoir Dogs que "no cree en las propinas".


Esta noche es la Superluna y yo tengo unas super ganas de comer un filete de yac, pues aquí por influencia de la religión de los hindúes no se comen a las vaquitas. Son sagradas, ellas encarnan la presencia de los dioses. Para el hinduismo, todo lo que proviene de una vaca es sagrado (su cuerpo contiene unos 330 millones de dioses y diosas). El antropólogo Marvin Harris dio una explicación materialista del fenómeno de la vaca sagrada: durante el período de los vedas (pueblo ganadero que dominó la India septentrional entre 1800 y 800 a.C., y al que refieren los primeros textos sagrados hindúes), la carne de vaca se consumía. Pero la población humana creció y la bovina disminuyó, los bosques se redujeron y la provisión de carne comenzó a escasear. Los campesinos pobres enflaquecían, morían desnutridos, mientras que brahmanes y chatrias continuaban engordando. Limitando el consumo de carne y aumentando la explotación agrícola y lechera del ganado, los campesinos podían alimentarse más y mejor. Si los animales consumen cereales, y los hombres consumen esos animales, se pierden nueve de cada diez calorías y cuatro de cada cinco gramos de proteínas. Las vacas eran más valiosas pariendo bueyes que tiraran del arado y no asándose a la parrilla. Pero los brahmanes no estaban interesados en renunciar a sus privilegios alimenticios. Dicen que le explicaron a un sabio brahmán que no debían comerse vacas porque los dioses las dotaron de un gran poder cósmico, a lo cual el sabio brahmán respondió: “No digo que no, pero yo comeré de ella de todas formas siempre que sea tierna”.


Para las familias, según me dice Bipin, son un símbolo de prosperidad y por eso muchos nepaleses que siguen la religión del hinduismo, tienen sus propias vacas pues con ello atraen la fortuna de la diosa Lakshmi , de la prosperidad y aseguran bendiciones para sus hogares. Si bien no pueden matarlas ni consumir su carne, su leche si pueden consumirla. Se trata de la Kâmadhenu («otorgadora de deseos»), la vaca de la abundancia, tomada como representación de Lakshmî, diosa de la prosperidad. Este animal tenía el poder de conceder todos los deseos. Es, pues, sagrada por su generosidad hacia los humanos, como proveedora incansable, pues puede producir cantidades infinitas de leche y es la nodriza de todos los seres vivientes. Kâmadhenu surgió del batimiento del océano primigenio. Además, representa en sí a todas las especies animales.


Hay muchos dioses entre los hindúes, Hanuman el rey mono; Ganesha el dios elefante hijo de Shiva; Kali, la Negra, el feroz aspecto femenino del tiempo y de la muerte, devoradora de todas las cosas, es la consorte del dios hindú del Himalaya, el gran Shiva, recreador y destructor; su negra imagen, con su collar de calaveras humanas, es el emblema de este oscuro río que, retumbando desde cimas ocultas y desde las vastas nubes de lo desconocido, ha llenado al viajero de aprensión desde que el primer ser humano trató de cruzarlo y fue arrastrado por las agua”. 

Me gustan los politeísmos, creo que fomentan la tolerancia, la inclusión y la diversidad. El politeísmo no ha matado a nadie más que algunas cabras en ofrendas rituales. Llevo puesto, como tributo, un collar con Ganesha en el pecho, el vencedor de los obstáculos.

Por la noche hago algunas compras y ceno en un restaurante lamentablemente occidentalizado, sin "picante" en sus preparaciones y mi filete de yac resulta decepcionante. He logrado reducir mi consumo de 8 tazas de café diarias a solo una, lo que es un tremendo logro considerando que el café nepalés es exquisito. Voy preparando mi cuerpo para cuando deba ascender a los 3800 metros en Lhasa, Tíbet. 


Mis problemas de biológica ansiedad tambien se han reducido. Esa manía que padezco por planificar y vivir constantemente en el futuro decae de manera asombrosa en estos parajes. Estoy controlando a Kali, la negra, me digo al acostarme observando por la ventana del hotel una luna majestuosa sobre el Annapurna.

Recién cuando estoy volando por encima del Himalaya y siento que puedo tocar con mis manos la punta del fishtale creo comprenderlo, por fin en mucho tiempo caigo en la cuenta lo valioso del aquí y del ahora, con exclusión de cualquier otro estado, momento o lugar. «¡Come cuando comes, duerme cuando duermes!» que plantea el zen, y algunos místicos como la santa Catalina de Siena, tras años de meditación silenciosa planteó que «Todo el camino hacia el paraíso es paraíso»; y en estos momentos comprendo que el paraíso no es solo este momento que parece tan sublime volando como un pájaro libre sobre el Himalaya, sino que el paraíso debe ir conmigo en cada paso, en cada instante, que debo de dejar de pensar en el futuro porque el tiempo no existe realmente, al menos no el tiempo lineal al que nos han adoctrinado, el pasado, el presente y el futuro se desenvuelven siempre en un aquí.


Mathiessen lo plantea de este modo: “el tiempo no se mueve porque también es espacio y uno y otro no están nunca separados; no hay palabras ni expresiones referentes al tiempo o al espacio como separados. Esto está cerca del concepto de campo en la física moderna. No hay tampoco un futuro temporal; está ya con nosotros, aconteciendo o manifestándose." 

A veces es necesario un gran silencio para recobrar la cordura. 

Cuando los vientos ascendentes nos golpean y desestabilizan recuerdo que este ultraligero no es muy diferente a un avioncito de papel. El piloto, un chico que no debe pasar de los 20 años, me dice que hoy está especialmente ventoso y divertido, y que a continuación sobrevolaremos una laguna entre dos acantilados y que no me sobresalte por los golpes de viento ascendente. 


La vista es maravillosa. Se me congelan las bolas y no me siento la nariz, pero aun así estar aquí, en el techo del mundo, a metros de las cimas del Annapurna, vale la pena, cada instante aquí de estar parado como un angel sin responsabilidades sobre el techo del mundo parece una vida completa. 

Atrás queda el mundo, mi reciente divorcio que causó asombro en mi amigo Dinesh en Katmandú pues para ellos divorciarse significa entregar la mitad de los bienes a la mujer (incluyendo la herencia familiar), por lo que no es una buena idea. Acá arriba todo eso parece tan vulgar, tan corriente. Me recuerda a esos momentos de vértigo de la infancia en que me subía por primera vez al techo de una gran casona abandonada cerca de la casa familiar, pero lo siento multiplicado por cien. El piloto me pregunta si no tengo inconvenientes en hacer algunos giros, y ante mi buena disposición se lanza a girar con velocidad cayendo y subiendo ante los ojos del Fishtale, apaga el motor unos instantes y tras una breve caída libre entre gritos, espera que el viento nos golpee un poco para reiniciar el motor. No siento miedo, se que no me pasará nada, no existe la muerte ni la fatalidad en estos instantes, solo la fascinación de no saber si estoy despierto o estoy soñando, como en esos sueños muy lucidos que suelo tener en que vuelo por las calles y tengo perfecto dominio de mi entorno porque se que es solo un sueño y puedo hacer cualquier cosa, porque ahí soy yo el dueño de mi universo. ¿Es tan distinta la realidad o es solo un sueño en que el durmiente no alcanza aun la lucidez? 

Esa lucidez es tal vez lo que Buda percibió, su identidad con el universo; experimentar así la existencia es ser Buda. El hombre como la materia del cosmos contemplándose a sí misma, en palabras de Carl Sagan. 

Recuerdo que cuando era niño y me desesperaba pensando en la razón de existir. No era el de dónde venimos para que me explicaran con las  abejitas y la semillita, era "de donde", "cómo" y "por quien" existe todo, y mis papás terminaban siempre la explicación en eñ musmo

Monosílabo: "Dios". 

Pero de dónde salió dios. Siempre existió, era la respuesta de mi padre.

Hace pocos días he leído un artículo en la red que me trajo de regreso a mis pensamientos en la montaña. Se refería al inicio del Universo y nuestra posición en él. Planteaba que el universo no comenzó en un lugar, sino en un momento: hace 13,8 mil millones de años, de acuerdo con los mejores datos cosmológicos. Desde entonces se ha estado expandiendo, no hacia un espacio puesto que por definición el universo ya llena todo el espacio, sino hacia el tiempo que, según sabemos, no tiene fin.

Cuando vemos hacia afuera, vemos hacia el pasado; mientras más lejos miremos, más veremos hacia el pasado. En el centro está el presente. No existiría una dirección para ver el futuro. Todo lo que conocemos es justo el ahora.

Así que, ¿dónde está el centro del universo? Aquí mismo, en el punto exacto del observador. Cada observador sería el centro del universo.

Ello se condice perfectamente con la observación relativa a que las galaxias que están más alejadas de la tierra, son las que más se aceleran alejándose, confirmando que estamos en el centro del fenómeno.

Matemáticamente, en términos de Einstein, toda la información y la historia disponibles en cualquier lugar del universo se conocen como un cono de luz. Todos tenemos uno y el de cada quien es un poco diferente, lo cual significa que el universo de cada uno es ligeramente distinto, y en términos espirituales, que cada uno es dueño de su propio universo, un pequeño dios, como el poeta. El universo así visto parece una gran mandala en expansión y sin bordes, con nuestros ojos al centro. 

Las religiones occidentales han convencido a sus creyentes que deben buscar a dios sobre ellos, como algo que está afuera de ellos, un ente grandioso, enorme, inefable, externo y sin control que habita en el Cielo, cuando parece que el camino siempre debió ser otro, tal vez Dios siempre estuvo adentro de nosotros, como lo planteara el maestro Eckhart: "el ojo con el que veo a Dios es el Ojo con el que Dios me ve", no muy distinto al original de Jesús al explicar "mi Padre y yo somos Uno".

En el descenso atravesando las nubes, podemos observar Pokhara completamente, la world Peace Pagoda que visitaré por la tarde, el lago y rápidamente el aeropuerto. 

El aterrizaje me recuerda que esto ha sido como volar montado en una bicicleta de la infancia. 

Ha sido maravilloso. Sublime.



martes, 22 de noviembre de 2016

Charly Nepali.- notas sobre un breve viaje a Asia. Parte 1.-

Voy volando en una avioneta de "Yeti Airlines"  desde Katmandu a Pokhara. Se observa majestuoso el Himalaya y desde la ventanilla el contraste se observa y se siente potente, va del cielo a la tierra, recordando la ciudad de Katmandú con toda su locura vial y su desorden estructural. 
Partí el viaje en las antípodas de Nepal, estuve esperando en el lujoso aeropuerto de Doha por casi 5 horas. El techo del aeropuerto de Doha posee una estructura sospechosamente similar a la del pequeño aeropuerto "desierto de Atacama" en Chile, a ver qué tan originales fueron nuestros arquitectos nacionales. 
Entre tanto lujo no pude evitar la tentación consumista y le di un gusto a mi paladar y mis tripas, pese a que mi viaje busca lo contrario, un reposo, una reflexión y un reencuentro conmigo, consciente de que se viene una nueva etapa tras cerrar un largo círculo en mi vida. Pero qué carajo: Caviar, ostras y tártaro de Salmón sin antibióticos vengan a mí, ya se encargará el Señor MasterCard Black de hacérmelos recordar, en cómodas cuotas mensuales. 
Entre tiendas muy chic, jeques árabes y gentes de todas las razas esperé mi vuelo a Katmandú. Durante el vuelo, entre Sao Paulo y Doha vi los dos primeros episodios de Mr Robot. Se trata de una serie gringa sobre el encuentro de un oficinista inadaptado y brillante con un mugroso hacker que se propone hacer colapsar la economía global borrando las deudas de todos los consumidores del mundo, cosa que me vendría bastante bien tras revisar la cuenta por mi cena de caviar en Doha. 

El resto del vuelo se me pasó absorto en la lectura sobre Nepal y Tibet en una crónica de un naturalista niuyorquino  que partió en un viaje en 1976 tras perder a su mujer, acompañando a un célebre zoólogo en la  búsqueda del leopardo de nieve, en lo que se convierte en una experiencia sobrecogedora, mística y sublime. 
El libro se llama así "El Leopardo de las Nieves" escrito como una bitácora de viajes por Peter Matthiessen. Katmandú estaba muy distinto a lo descrito en la crónica y aún más de lo que yo imaginaba tras ver la vieja película del tren nocturno que se dirige rumbo a la ciudad. Nada de pacífica. Es la "modernidad", como dice mi guía. Una infraestructura vial casi inexistente pero no por eso menos sobrepoblada de vehículos y motocicletas ruidosas que no logro explicar como es posible que no colisionen a cada segundo. No obstante el caos, observar esa explosión de colores que se mueven como un dragón de metal, es fantástico. 
La gente es generalmente amable, los vendedores sobreabundan, entre tiendas de trekking, north face y "north fake", todo formará parte del espectáculo visual y ruidoso, pero los comerciantes no alcanzarán molestos niveles de impertinencia, como si ocurre en cambio con la insistencia de los chicos que manejan esos taxis a tracción humana.

Se observa una agradable multiculturalidad, fuera de los turistas chinos, japoneses, americanos y europeos, la población mantiene rasgos mongoles y se nota un cierto mestizaje con los chinos y los indios que le otorga al nepalés una belleza particular y que los asemeja bastante a nuestra propia población mestiza latinoamericana. 
Por eso no me extraña que los locales cuando se acercan me hablen en nepali. Cuando les digo "sorry i dont speak, nepali" me miran asombrados y preguntan "where you from"; "Chile, southamerica"; "Chili, oh, you looks like nepali" y se quedan mirándome con una muy asombrada sonrisa, inciertos de creer que en América exista gente con la piel tan bronceada como ellos y con rasgos similares. Cuando reiteradamente me preguntan por mi presidente Donald Trump me doy cuenta que en general para ellos América es USA y que como bien dijo Jorge Gonzalez, Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos. 
Tal vez este parecido físico no sea algo fortuito. En el libro que voy leyendo junto al viaje, se plantea que “asombra el parecido entre nuestros indígenas americanos y estos pueblos mongoles. La mayoría de los tibetanos de Dhorpatan tiene la misma corta estatura, manos, pies y narices pequeñas de los esquimales, así como el pliegue mongólico, la piel de color cobrizo oscuro y el cabello negro como ala de cuervo, incluso las botas bajas de piel y lana con adornos rojos son muy semejantes en apariencia y diseño a las botas de piel de foca (mukluks) que usan los esquimales. Por otra parte, sus adornos de turquesa y plata hacen pensar en los indios pueblo y en los navajos, mientras que cuentas, trenzas y mantas a rayas echadas sobre hombros desnudos evocan, sobre todo, viejas fotografías de las tribus de la llanura, una impresión reforzada por la mugre de sus campamentos y sus perros pendencieros. Cuando viajan, estas gentes utilizan tiendas de cuero, llevan los bebés a la espalda y la base de su dieta es una harina de cebada o de maíz, conocida como tsampa; no se ha demostrado ningún parentesco real entre las lenguas indígenas americanas y asiáticas, pero una harina similar de las tribus algonquinas de mi región recibe el nombre de samp, sumado a las muchas semejanzas culturales entre los drávidas prearianos y los mayas, al igual que los relatos sobre cómo, al parecer, misioneros budistas llegaron a las islas Aleutianas y siguieron por el sur hasta California en el siglo XIV.
Además se cree que en tiempos prehistóricos los nómadas mongoles, antecesores de los tibetanos y de los indígenas americanos procedían de la misma región de Asia septentrional, me pregunto si este sentido de la vida no es una herencia común que llega de un pasado remoto.”
Antes de que se me olvide, llegado a este punto debo agradecer mi inglés básico a mi buen profesor del Liceo, Herman Vergara, a quien con cariño llamabamos "Herr Diktadorr"; "Pajerman"; o "Her Haragán".
Recuerdo que en primero medio nos amenazó "bien clarito", como era su clásica muletilla, con que al salir de cuarto medio saldríamos hablando un perfecto inglés, y no cualquier inglés, sino que un verdadero inglés "británico". La promesa evidentemente no la cumplió y del inglés británico a lo más aprendimos a hacer morisquetas como Mr Bean. No obstante lo anterior, las cervezas que bebí con mi viejo amigo el profesor, las notas que me regalaba y muchas, muchas, pero muchas horas de cine norteamericano subtitulado, me han permitido entablar algunas conversaciones y entender las explicaciones de mis guías y de la gente.
Afortunadamente mi guía en KTM, Dinesh, hablaba un excelente español que me permitió conocer de mejor forma de la vida en la capital de Nepal. 
Muchas visitas a "Stupas" o templos y Palacios ameritan una buena explicación. 
Partimos por el Templo de los Monos, donde el propio Buda tras subir los 330 escalones habría predicado entre monos y pinos (conocido así para los turistas porque junto a la pileta hay unos monos conocidos como langur, sagrados por representar al dios Mono Hanuman). 


El templo es llamado  Swayambhunath y se encuentra en lo alto de un cerro desde el cual ya puede apreciarse a lo lejos el Himalaya. Me explica que existen distintas stupas,  o templos, hay personas que viajan allí para realizar rituales pidiendo salud para sus hijos al respectivo Dios del respectivo panteón hindú. Inclusive hay una donde solo se fuma mariguana ritual. La mariguana no es legal, pero se acepta su consumo ritual y no existe una verdadera persecución a los marihuaneros recreativos. Quedamos en practicar un poco de ese ritual en algún momento. Más tarde visitamos Durbar Square con un conjunto de los palacios reales, muchos en ruinas por causa del terremoto de hace un par de años atrás (el propio Himalaya se elevó en el eoceno hace 50 millones de años y sigue su movimiento con terremotos como este último y el del 59 en que se cambió el curso del río Brahmaputra). 

Aquí mi guía me explica brevemente la historia de la monarquía tibetana hasta llegar a la masacre de 2001 en que la familia real fue asesinada bajo extrañas circunstancias. Se trataba del asesinato del rey Birendra, que era muy querido por el pueblo, su mujer y su hijo quien quedó en coma y fue coronado en ese estado, alcanzando a reinar solo por un par de días. Ahondé un poco más comprando una novela (un thriller político) sobre la masacre de la familia real titulada "Good Bye Katmandú". En ella se cuentan algunos detalles más espinosos. Que durante las primeras horas tras la masacre no se sabía nada acerca de los acontecimientos. La radio y la televisión se apagaron y solo lograban enterarse a través de los reportes de la BBC que daban cuenta que durante una cena, tras una discusión respecto a los deseos de casarse del príncipe, este se habría ofuscado y asesinado a toda la familia real para luego dispararse el mismo. El hermano del rey, fue quien asumió tras la muerte del príncipe que alcanzó a ser rey mientras estaba en coma. La población no podía creer en esa historia, les resultaba inverosímil, especialmente cuando se informó que las causas de muerte de la familia real eran por causa natural. Todos responsabilizaron al hermano del rey y a su sobrino. El nuevo rey no era un tipo muy querido por la población dado que era bastante antidemocrático, y poseía un largo historial de excesos, al igual que su hijo, quien fuera acusado de asesinar en un atropello a un popular cantante y terminar escudado en su fuero e inmunidad real. No se por qué me recuerda a nuestro Martincito Larraín. Esa parte de la familia real, definitivamente, no gozaba del cariño de la población. Nepal ya contaba con una democracia incipiente con un primer ministro elegido en las urnas tras una revolución tranquila y auspiciada por la propia monarquía, pero el 2006 el nuevo rey habría asumido completamente los poderes dando lugar a una verdadera revolución que acabó con su reinado. No lo asesinaron, pero ahora vive como un ciudadano cualquiera, en palabras de Dinesh, mi guía. Al menos no quedó como Senador Vitalicio como nuestro tirano particular.
En la plaza de Durbar de Hanuman Dhoka, visitaremos el templo de la unica diosa viviente del mundo. Si, de una diosa. Se trata de  la Kumari: la reencarnación de la diosa Taleju, la más importante del país. Una Virgen es siempre kumari, pero cuando se expresa en mayúsculas Kumari es celestial. Es apenas una niñita a quien aun no le llega su menstruación. Cuando eso ocurra, se elegirá a su sucesora en la encarnación y la niña podrá volver con su familia. No es fácil convertirse en Kumari. La niña debe cumplir 32 condiciones físicas que los textos tradicionales describen a su manera. Dicen, por ejemplo, que debe tener las pestañas de una vaca, el cuello de una concha marina, los muslos de un ciervo, el pecho de un león, la voz de un pato, cabellos y ojos oscuros, manos y pies pequeños, todos sus dientes de leche. Tampoco puede tener marca alguna sobre la piel.
El cumplimiento de cada requisito es certificado por un grupo de sacerdotes en un templo. Luego, un astrólogo estudia la carta astral de la seleccionada. El último paso es la aprobación de los padres para que su hija sea Kumari. Siempre aceptan: en Nepal, esto es el máximo honor.
No tenemos la suerte de que la diosa se asome a regalarnos una sonrisa.
Este debe ser uno de los pocos casos de veneración a las mujeres en estas tierras. Me cuenta mi amigo Dinesh durante el almuerzo que su mujer está embarazada. Le pregunto por el sexo de la criatura, me informa que eso es algo que solo sabrán el día del parto. Existe una ley en Nepal que impide conocer el sexo de los bebes, pues algunas mujeres al enterarse de que nacería una niña, se golpeaban el vientre hasta abortar. Para Dinesh da igual si es niño o niña, y me explica que en la práctica, si el médico confía en la familia y tiene certeza de que no intentarán abortar a la niña, les anunciará el sexo que arroja el ultrasonido.
Nos desplazamos más tarde hacia Patán, una hermosa y antigua ciudad ubicada junto a Katmandú donde visitamos diversas casas de arte y aprovecho de recibir un poco de terapia de cuencos tibetanos con su sonido del OM en mi cabeza y espalda.
Almorzamos en un restorán típico a ruego mío y Dinesh se alegra de que quiera comer comida nepali y pide "sukuti", que es un mix de vegetales, especias y ajíes, con carne de yak secada al sol (como nuestro charqui). El yak es un animal que se ha domesticado a partir de rebaños salvajes que todavía perduran en rincones remotos del Tíbet. A la hembra del yak se le llama bri, y sus crías de cola peluda y hocico breve parecen gigantescos juguetes. 
Realmente una delicia. Picante, muy muy picante, pero delicioso. Una de las cosas más ricas que he probado en mi vida, le digo a mi guía y el me dice: tú eres un nepali. Pareces un nepali, tu piel es del color de un nepali, comes y bebes como un nepali, hasta te vistes con la ropa de los nepalis, se ríe, haciendo alusión a mi tenida compuesta íntegramente por ropa de trekking "North Fake", que compré apenas llegando, en las tiendas cercanas a mi hotel por menos de 14 dólares el pantalón. 


Enviado desde mi iPhone

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Paranoia Trump

Hoy día la moda es lamentarse y rasgar vestiduras. Los medios nos vendieron muy bien la imagen de que Estados Unidos quedaría en manos de un sociópata, un peligroso misógino ultraconservador que aborrece a los inmigrantes y llevará al mundo a una suerte de Holocausto 2.0.
Lo cierto es que Trump es bastante odioso, feo, vil y repulsivo. Es antiestético y vomitivamente directo en sus postulados indefendibles. Esos son los hechos. Además es multimillonario, su riqueza es la pobreza de millones, como ocurre con todos los millonarios. Su riqueza la forjó igual que sus amigotes millonarios, sin mayor esfuerzo, a costa de sangre ajena.
En el otro rincón, Hilaria, que no es ninguna indigente, tiene  varias décadas profitando en la élite política gringa, gracias a la asombrosa capacidad de resciliencia frente a las manchas de semen de su marido en el vestido de Monica Lewinski, posee uno de los registros en bombardeos a poblaciones civiles de lo más interesante. 
Pero Hillary, la mujer de un expresidente cachondo, la que perdona infidelidades por el bienestar nacional, no obstante caer en la trampa del juego sucio electoral de Trump, ataques personales, alicias machados y demases, fue la representante de esa irritante masa "progre" que habla en lenguaje "políticamente correcto" independiente de lo que realmente se lleve en las entrañas del pensamiento. El discurso pro género, pro igualdad, animalista vegano, civilizador, democrático, pacifista, feminista, altruista y etcétera, aburrió. 
No es sorprendente.
Existe un desgaste global de las libertades y la tolerancia gracias a los manejos de la clase política y a la hipócrita disonancia entre los valores políticamente correctos y el sistema 
Capitalista.
Ya ocurrió con el brexit y con el plebiscito por la paz en Colombia. Trump no sería la excepción. La necesidad de orden y el derecho a ser intolerante parecen concordar más con sistemas que se alejan de ideas colectivas.
Es la victoria del hombre medio cansado de los llamados a soportar, a tolerar, a incluir, a aceptar en un mundo absolutamente individualista, donde cada cual, para sobrevivir debe rascarse con sus propias uñas.
Es algo disonante desde hace rato, las corrientes libertarias e inclusivas requieren de un colectivo y no de un sistema basado en el individualismo. La propuesta de Trump cuaja porque se inserta sin hipocresías en un sistema egoísta, feroz e individualista que sólo necesita alimentarse del orden para otorgar una seguridad mínima.
Ya solo falta que las visiones de Houllebecq en Sumisión se hagan realidad en Francia.
Lo cierto es que el hombre medio está agotado, y siempre que el hombre medio se agota, recurre a un caudillo, en este caso Trump, que encarna la posibilidad de la mano firme contra sus males medios, sin importar ni especular sobre los costos que de ello deriva a niveles universales. No lo sabremos los chilenos, a propósito de Pinochet. Pero qué más se le puede pedir, mal que mal es el hombre medio.
Además de pagar impuestos, pagar por la salud, por la educación, pagar por todo para poder llegar al final del día a comerse una hamburguesa mirando la televisión, esos hombres medios sienten que además sus impuestos financian a millones de inmigrantes que les quitan el trabajo y les arrebatan el sueño americano. Entonces viene la mujercita de Clinton a ofrecerles qué...más de lo mismo, frente a un monstruo envanecido que les ofrece la posibilidad de golpear, de insultar, de comer carne de vaca cruda chorreante son molestarse por los animalistas, que les dice que expulsará a los putos mexicanos y que no mandará a sus hijos a invadir paises sin necesidad. 
Hilaria por su parte ofrece...mas de lo mismo.
Ahora imagino a ese votante de Trump celebrando, a ese Homero Simpson, ese Al Bundy supernumerario, sin orgullo sino que muerto de risa, en una barbacoa al lado de la casa de sus vecinos que votaron a Clinton, una joven pareja interracial de lesbianas veganas, que se bancan una derrota solo por votar por el mal menor.

http://apocalipsisdemisterp.blogspot.com/2016/11/paranoia-trump.html